Erdogan, a la conquista de Europa


No voy a negar que el personaje goza de mi más sincera antipatía, por no decir directamente animadversión. Reúne casi todas las características que más desprecio: machismo, megalomanía, fundamentalismo religioso, autoritarismo, etcétera. Pero quizás lo que me resulta más repulsivo es su sistemática, compulsiva y pertinaz violación de los derechos fundamentales de todos aquellos que, por un motivo u otro, se oponen a él: bombardeando y sitiando las ciudades kurdas, encarcelando a los periodistas e intelectuales, despidiendo a los profesores y ordenando a las feministas que se cubran con un velo y se ponga a parir como conejas.

A Erdogan no le gusta que le lleven la contraria y mucho menos que frenen sus planes expansionistas en Europa. Sí, ya sé que puede parecer exagerado hablar de sus planes expansionistas en Europa, pero a las pruebas me remito. El rechazo de Holanda a que dos ministros turcos hicieran campaña en suelo neerlandés enfureció de tal manera a Erdogan que no solo insultó y profirió amenazas a ese país, sino que prohibió el regreso del embajador holandés a Ankara.

Que Alemania impidiera también la celebración de varios mítines ha tenido como consecuencia la detención del periodista germanoturco Deniz Yücel y que calificase de «nazi» a Angela Merkel. Pero esta tensión entre Turquía y Europa no obedece al potencial de votantes turcos en Europa en el referendo para convertirlo en sultán, sino que es más bien una medida para consumo interno.

Erdogan busca captar el voto de los indignados por la actitud europea distrayendo la atención de los verdaderos problemas que padece el país como son la inseguridad, la violación de derechos fundamentales, sus ataques a los kurdos y la participación en la guerra siria en un momento en el que su influencia regional se tambalea con el cambio de alianzas. 

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