Una patata, un país


Galicia no acabó de ser Galicia hasta que se descubrió América. Entonces pudimos empezar a emigrar, que es nuestra manera natural de estar en el mundo, y llegó la patata. Si la patata no figura todavía junto a la bandera y el escudo entre los símbolos oficiales del Estatuto es porque no disponemos de políticos con luces largas. Bueno, a veces ni siquiera tienen luces, para qué engañarnos. 

La patata es el tótem de Galicia, a años luz del sagrado cocho y de la venerable marela. Desde que durante quince minutos fuimos ricos, nos creemos que lo normal es deconstruir la empanada de zorza o hacer espuma de parrochas caramelizadas, pero en los tiempos duros, cuando el nitrógeno líquido se usaba en las fábricas y no en las pulpeiras, Galicia sobrevivió gracias a las cuatro patatas que la abuela echaba a la marmita de la lareira.

 Además, la patata es democrática. Ya lo explicó Picadillo:

-Es aristocrática y plebeya. Lo mismo le permite asociarse al modesto y negruzco bacalao del perro, en robustas y sonrosadas rodajas, que convertida en sutil y blanquecino puré para acompañar al roast-beef, la más delicada preparación de las carnes.

Por eso no sé muy bien a qué se dedican estos días los padres de la patria, esos que siempre tienen a mano una hoja de ruta para hacer país. Porque me extraña mucho que no alcen la voz contra la invasión de la polilla guatemalteca, que amenaza nuestras reservas de patatas.

Porque todo lo demás puede esperar. El suministro eléctrico. Las cubiertas voladoras de Riazor y Balaídos. Incluso el AVE. Pero la patata no. La patata, como la banca, es sistémica. No puede caer. Si cae la patata, cae el país.

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