La seguridad de Riazor no debe dejar dudas


El viento se llevó por delante el fútbol de élite en Galicia el pasado fin de semana. Deportivo y Celta descansaron a la fuerza después de que trozos de las cubiertas de sus estadios saltaran por los aires y dejaran al descubierto sus propias miserias. Los alcaldes de las dos ciudades no dudaron en suspender los encuentros porque la seguridad de los aficionados no estaba garantizada. Y acertaron, porque era obvio que la integridad física de las personas peligraba ante la mezcla explosiva que suponen el temporal y la ruina de las instalaciones. Solo un tal Florentino se ha mostrado en desacuerdo con el aplazamiento, demostrando que desborda civismo, comprensión y solidaridad.

Pero el caso de Vigo es muy diferente al de A Coruña, porque Balaídos es un estadio ya en proceso de reforma en el que ya se dio el paso fundamental de acometer la regeneración de un recinto en mal estado y obsoleto. En A Coruña todavía andamos en procedimientos administrativos y en simples promesas.

Afortunadamente para los aficionados del Deportivo, el viento sopló con fuerza el día anterior al partido ante el Betis, donde estaba previsto que se dieran cita más de veinte mil espectadores, como es habitual en el coliseo coruñés. ¿Y si el viento llega a desatar toda su furia durante la disputa del encuentro?

No hay quien no sepa en la ciudad que la cubierta de Riazor mete miedo. Igualmente, se sabe que su deterioro no viene de ahora. Los Gobiernos de Losada y Negreira no hicieron gran cosa por la conservación de las instalaciones, si bien el popular se despidió de la alcaldía habiendo dejado el asunto encarrilado en la teoría. Pero la Marea no puede quejarse de la herencia recibida, porque ha conseguido empeorar la situación en el tiempo que lleva al frente de María Pita. Con Xulio Ferreiro, el mantenimiento se ha limitado al parcheo de los trozos que se han ido cayendo. Pero no ha habido un control cotidiano de la techumbre y su estructura. Y, además, por mucho que Dragados intentara alguna jugarreta, no han demostrado diligencia a la hora de arreglar el problema. Lo cierto es que la cubierta se cae y que no se sabe cuándo se acometerá el arreglo integral de la misma.

La sensación es que, de alguna manera, la seguridad de los aficionados que van a divertirse al estadio está al albur del clima. ¿Qué pasará si de cara al próximo encuentro en Riazor ante el Alavés el sábado 18 hay una previsión de vientos fuertes? ¿Permitirá el partido el Ayuntamiento? ¿Garantizará que la podrida cubierta aguantará otra sacudida del viento? ¿Nos podemos fiar? Demasiadas preguntas.

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La seguridad de Riazor no debe dejar dudas