El país de las piscinas


Nos han descubierto. El ministro Montoro se empeña en amargarnos la vida y lo va a lograr. Ahora le da por enviarnos drones para descubrir nuestras intimidades y así acaba de revelar que disponemos de casi seis mil piscinas sin declarar y sin legalizar. Exactamente, 5.660; que a nada que uno, que no es matemático, haga una simple cuenta, sabe que corresponde casi a una piscina por familia. Más o menos.

Pero el ministro es un hacha utilizando nuevas tecnologías y con drones, satélites y Google Maps descubrió que disfrutamos de estas instalaciones tan necesarias para desarrollar nuestras vidas y nuestras economías. Cuando el campo gallego era lo que era, había un par de tractores por casa, pero con la mejora de la calidad de vida, cambiamos los tractores por las piscinas.

Y es que a los gallegos nos gustan tanto las piscinas como el pulpo con cachelos. Una locura. Por eso es difícil que entiendan, y el ministro menos, que queremos tener una piscina delante de la puerta, como se tiene aparcado el coche, por si en el momento de salir para el trabajo se nos apetece darnos un chapuzón. Y a nadie le puede parecer mal que no nos guste compartir los buenos momentos, aunque sea con el vecino.

Hay que acabar con los manidos tópicos de que somos el país de la lluvia, el marisco y los peregrinos. Ha de modernizar Turismo de la Xunta sus mensajes de promoción, que después de lo que sabemos se quedan anticuados. Y debemos promover el piscinaje gallego como primera opción para el visitante. Porque contra lo que creen más allá de Pedrafita, vivimos alejados del mar y tenemos una escasa tradición marinera y marítima. Por eso levantamos una piscina en cada casa. Por eso y porque donde esté una piscina para uno solo, o sea, la de casa, que se quiten el Cantábrico, el Atlántico, el Miño y hasta el Amazonas.

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