El nacimiento de un dictador


Si el presidente Trump lleva a la práctica sus pensamientos más innobles, posiblemente enriquezca a su país; pero lo llevará directamente a las épocas más tenebrosas de la historia. La humanidad ha conseguido erradicar la tortura, al menos como procedimiento aceptable. Los métodos de aplicación de la tortura por policías, gobernantes represores e incluso por instituciones religiosas son material de museo, que los visitantes contemplamos para horrorizarnos ante tanta crueldad. En los tiempos más recientes hemos visto cómo España apartaba de sus puestos a guardias que la habían practicado en calabozos o prisiones. Un gobernante que permite o tolera la tortura es, probablemente, un dictador.

¿Lo es Donald Trump? Tiene gestos y acciones que lo sitúan en esa categoría. Lo que hizo con las fotografías que demostraban que su toma de posesión había estado menos concurrida que la de Obama muestra, desde luego, el talante de un censor y de un gobernante autoritario que quiere imponer, según palabras de su portavoz, la «verdad alternativa»; es decir, su propia verdad, con la aspiración de que sea la única. Eso es propio de dictadores.

Lo que hizo ahora, al preguntar a responsables policiales si la tortura es eficaz en las declaraciones de detenidos, es algo que solo nos imaginamos en las dictaduras. Y, como le han respondido que sí, que la tortura tiene su eficacia, está pensando en admitirla. Si algún día nos hubieran dicho que el presidente de Estados Unidos, una nación que fue ejemplo de democracia y de libertades, iba a plantear el retorno de la tortura, habríamos pensado que era una broma de mal gusto o una intoxicación de quienes mueven los hilos de la mentira como arma política.

Y, sin embargo, es verdad. Y aquí conviene recordar la frase de Jacques de Bollardiere, un militar humanista francés del siglo XX: «Ningún fin justifica la tortura como medio». Y eso es lo que está en la cabeza de Trump: conseguir el fin de la eficacia de los interrogatorios con un medio tan innoble. No es un invento. Lo dijo él mismo desde esa posición arrogante de considerarse el amo del mundo. Lo único que le importa es la eficacia. Aunque no llegue a consumar su propósito porque se lo impedirán su propio partido y las instituciones nacionales y supranacionales, les asestó una puñalada a los derechos humanos. Ni Franco ni ninguno de los dictadores del siglo pasado se hubieran atrevido a hacer una declaración así. Toleraban la tortura, seguramente la ordenaban para hacer confesar a su enemigos políticos, pero tenían la vergüenza de ocultarlo. En el caso de Trump se juntan el opresor y el desvergonzado. Creo que sí, que tiene madera de dictador y su país y el mundo lo tienen que saber.

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