Al ex banquero lo recibió en la puerta de la cárcel el director de la prisión. Estaba allí por haber robado cientos de miles de euros. Si hubiese robado un par no habría estado el alcaide para acompañarlo en un tránsito tan amargo. Pero allí estaba el jefe del talego para darle la bienvenida. La misma deferencia con la que el banquero fue tratado durante años y años, antes de la caída. Hoy sigue convocando miramientos, don Julio, aunque el escenario le sea hostil. Los privilegios lo acompañan hasta en el trullo porque la casta no la disuelve una sentencia condenatoria. Hay personas que nunca se despojan de su autoridad. Están en el pozo pero siguen siendo adulados. Cuando era un hombre libre, Gayoso exudaba ese tipo de luz, un destello que cautivaba: el sex appeal del dinero, la fascinación del poder. A su alrededor sonaban las campanillas chabacanas de los pelotas. A diestra y siniestra. Llamaba la atención su pelo, cardado y mortificado por kilos de laca, en una concesión a la vanidad en la que tendríamos que haber reparado mejor.
Este hombre que lo mandó todo recibió el lunes una orden de ingreso en prisión. Estruendoso final. Muy cinematográfico. Un tipo Ciudadano Kane. Porque Gayoso es el libreto de una época, la sustancia de una ópera bufa que nos retrataría como país.
Ese momento en el que el alcaide lo alcanzó para meterlo entre rejas. ¡Qué ocuparía en ese instante su cabeza! Cómo se procesa un traspiés así, la ignominia que supone ser un presidiario. Alcohólicos de poder que prefirieron escuchar el chasquido terrible de una verja que se cierra que devolver lo que no era suyo.
Gayoso en la cárcel es el final dramático de una era. Su sucesor está medrando en estos momentos en algún lugar del país con la misma determinación con la que él llegó a la caja de auxiliar administrativo. Enseguida le pondremos nombre. Y en unos años puede que otro alcaide lo reciba en la puerta de la cárcel.