Si atendemos a los tres millones de comunitarios que viven en el Reino Unido cuyos derechos están en las prioridades que Theresa May puso como moneda de cambio para la negociación del brexit; en lo que afecta a la pesca las consecuencias podrían ser un asunto menor. En la pesca asoma la percepción de que, dado el principio de estabilidad relativa por el cual se asignan a cada país los recursos pesqueros de aguas comunitarias, se ha beneficiado al Reino Unido y ha sido un elemento de discriminación para la pesca gallega. Al Reino Unido se le otorga el 30 % de las cuotas de pesca, con menos del 15 % de mar aportado. Una revisión de tal principio, obligada con la salida de los británicos, podría beneficiar a la pesca gallega. Sin embargo, para las empresas pesqueras de capital y tripulaciones españolas en el Reino Unido, constituidas como estrategia frente a las 200 millas, limitación de áreas (Box Irlandés) y de flota (la flota de los 300), previas a la entrada de España en la UE, y asentadas luego de conflictos jurídicos prolongados (recuérdese la Merchant Shipping Act), el brexit puede complicarles su futuro y rentabilidad. Y no conviene olvidar que esta flota de Gran Sol registrada en el Reino Unido y con base en Galicia tiene una alta relevancia dentro del total de la pesca fresca gallega.
El mar o la pesca son para algunos países «extraño motivo de identidad patriótica» y sobre tal sentimiento se articulan discursos de excelencia y expolio. Galicia es una potencia pesquera en el exterior, y el Reino Unido, donde la pesca supone solo el 0,2 % de su PIB, con seis mil barcos y menos de quince mil pescadores, captura en torno al 30 % de su pesca en aguas de otros países. Lo que no impide que el grito nacionalista y patriótico de los británicos pueda sintetizarse en: «Nuestro mar es más rico y con más variedad de pescado, por eso otros quieren pescar en nuestras aguas». Nada diferente a canadienses, chilenos, argentinos, marroquíes, islandeses, noruegos, irlandeses o gallegos, en la proporcionalidad debida.
De lo relativo de estas posiciones, pero también de los sentimientos de afrenta o perjuicio, dan buena cuenta las tres guerras del Bacalao entre el Reino Unido e Islandia. La primera en 1958 por haber extendido Islandia su zona exclusiva a 12 millas, la segunda y de mayor peligro, en 1971, por la extensión a 50 millas, donde fue necesaria la intermediación de la OTAN. Pero solo en la tercera, con la extensión a las 200 millas, se puso coto al conflicto, porque si Islandia lo hizo en 1975, la Comunidad Europea la adoptó un año después. En esas guerras España tomó posición a favor de los británicos. Pero háganse con el libro El bacalao, biografía del pez que cambió el mundo, de Mark Kurlansky y verán que así como la escasez de bacalao apenas obligó a los británicos a cambiar la especie de su fish and chips, el brexit del mar apenas nos cambiará algo en los mercados. No así el brexit humano, el de los migrantes.