Breve crónica de Reyes


El pasado jueves creí que se acercaba a toda velocidad la estrella misteriosa de Tintín a la Tierra y que mis vecinos se habían tirado a la calle desesperados a compartir el pánico de las últimas horas de vida. Pero no. Solo era la noche de Reyes, en que los españoles, con esa fama previsora que nos ha hecho famosos y nos envidian los alemanes, apuramos las compras para el zapato. España, perdón por la palabra, se colmó de cabalgatas, que son una mezcla de carnavales de Venecia y una función de fin de curso de primaria. Ahora las cabalgatas -como, por ejemplo, las alpargatas- están muy politizadas. Y con razón. Aunque a mí lo que verdaderamente me parece provocador es el roscón de Reyes, todo redondo y con frutas escarchadas. El roscón es retrógrado, se mire como se mire. Luego de la cabalgata vinieron los Reyes, pero eso ya de madrugada y sin hacer ruido. ¿Y dónde, me pregunto yo, pasan esas horas de espera? ¿En un bar? ¿En el hotel? Finalmente a los que hemos sido buenos nos han traído muchos regalos, me imagino a que a usted que me lee también. Luego ya han venido las rebajas: las de los bancos y sus costes de formalización de las hipotecas, las del Yak-42, las del poder adquisitivo… Y la gente se ha tirado de nuevo a la calle, pero esta vez sí, escapando del Gobierno, en un afán de aturdimiento comprador ante la que se nos viene encima, y temiendo, además, que el próximo año todo cambie y en vez de los Reyes de Oriente nos venga el presidente republicano de Occidente, Donald Trump.

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