Acerca de los giros sociales y políticos


No cabe duda de que estamos dentro de una nueva era, fase, tramo o etapa. No es fácil determinar cuándo se produjo el cambio de una a otra, pero sí resulta obligatorio analizar los sucesivos y concatenados procesos que de forma simultánea han afectado a las reformas históricas. Creo que fue Jacques Delors quien apuntaba que el siglo XX fue el más corto de la historia, en la medida en que empezó en el año 1914, con la Primera Guerra Mundial, y finalizó con la caída del muro de Berlín, en 1989. Pues bien, este siglo XXI será uno de los más largos, pues desde que se produjo la guerra de Irak (2003) hasta hoy, diversos acontecimientos históricos, sociales, económicos, tecnológicos, no han parado de suceder y de convertirse en hechos trascendentales.

¿Cómo explicar lo que está sucediendo? El sociólogo Lipovetsky nos advierte de que estamos en el mundo de la ligereza, en donde predomina lo light, lo efímero, lo fluido, lo móvil y lo virtual; frente a las antiguas concepciones que se sustentaban en lo denso, lo respetable, lo serio, lo copioso, la riqueza y lo tecnoeconómico. Sin entrar a desgranar los argumentos de cada una de las tesis, me atrevo a definir diez grandes líneas conductoras sobre los actuales giros, transformaciones o singularidades de la actual mutación.

Los cambios socioeconómicos comienzan con la consolidación de la globalización (años noventa), aprovechando la revolución de las comunicaciones y la emergencia de Internet (todo más rápido, al instante y de acceso casi libre). Paralelamente, se aceptan los procesos de liberalización económicos y comerciales, y la eliminación de casi todas las barreras a la plena circulación de bienes, servicios, capitales, tecnologías e información y, en menor medida, personas. En tercer término, como respuesta a la mundialización de casi todo, se suscitan determinados impulsos a favor de la fragmentación de lo colectivo. Se empieza por aspectos territoriales (ruptura de fronteras y nuevos países) y se continúa por ciertas políticas sociales, económicas, educativas y sanitarias que desacoplan los medios y los objetivos de lo público frente a lo privado, desarrollándose servicios personales ad hoc. Posteriormente, se pone en cuestión la esencia de los centros de coordinación y de aquellos que mantenían la responsabilidad de llevar a cabo la armonización de determinados aspectos de cara a evitar desigualdades y discriminaciones; como, por ejemplo, las relaciones laborales y las prestaciones sociales. Y rápidamente emerge la informalidad y lo temporal; lo estacional y la falta de responsabilidad. Un ejemplo de ello fueron las tesis de los Gobiernos de Margaret Thatcher.

Llegados a este punto, irrumpe con mucha fuerza la denominada generación del yo; el individualismo, que busca ignorar a la nueva sociedad de masas. Se opta por defender la parcela más íntima, más que por comprometerse con proyectos inclusivos, colectivos y en función de amplias demandas de la sociedad. La utilización masiva de determinados medios digitales, la falta de comunicación interfamiliar y los errores en el campo educativo han provocado evidentes disfunciones entre el mundo real y el mundo de la ficción. Gana lo inverosímil ante la constatación real. Y tiene más verosimilitud la recreación que la historia. De esta forma, la política se llena de creadores de ficciones que retuercen, hasta el máximo nivel posible, los acontecimientos históricos, reinventando cualquier hecho y contribuyendo a falsificar cualquier actuación. Se permite y se jalea la vídeo-política y se extiende el carácter cambiante de los partidos hasta llegar a la política de la despolitización en la toma de decisiones. Ya metidos en esta dinámica, se empiezan a quebrar los conceptos de amistad y de solidaridad, provocando mayores aislamientos personales y, en consecuencia, como apuntan ciertos científicos, se produce un incremento de la ira, de la deshonestidad, de la falta de respeto y de los rufianes.

Esta breve síntesis acaba de ser reinterpretada por Jacques Attali, ex asesor de presidentes franceses, cuando vislumbra una sugerencia frente a todo esto. Defiende una doble actuación: de una parte, una loa al militantismo asociativo y político; y de otra, una necesaria evolución hacia una sociedad de emprendedores. Al mismo tiempo, acuña una frase para la historia: «Ser uno mismo puede ser revolucionario», en la medida en que ha llegado la hora de que cada uno se haga cargo de su vida y deje de ser un resignado mendigante.

Ahora que empiezan nuevas legislaturas tanto en España como en Galicia, que también habrá un nuevo presidente en Estados Unidos de América y una nueva línea política en China, puede ser que estemos entrando una nueva subfase. Solo espero que hayamos aprendido de lo sucedido y no volvamos a cometer errores de libro, ni consagremos nuestro futuro a los líderes que solo se basan en películas de ficción y de fantasía.

Por Fernando González Laxe Expresidente de la Xunta de Galicia

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