Si la vida es eterna en cinco minutos imaginemos cuánto puede durar la muerte cuando se estira durante trece. Calculo que la espera debe de resultar infinita, por mucho que la entretengas con toses, jadeos, vómitos y un intrigante giro de muñeca en sentido izquierdo. Así fueron los 13 minutos en los que Ronald Bert Smith Jr. se dedicó a morir. El tipo llegó de lo más sano al trance. De hecho compareció tan vital que al midazolam que le inyectó su verdugo le costó un huevo matarlo. Como a las cucarachas que pisas con saña y siguen moviendo las patitas desmembradas, las muy asquerosas. Antes de entretener a la muerte durante 780 segundos, que ya hay que tener ganas, Ronald había sido un pendenciero. En 1994 mató al cajero de un supermercado. Desde ese día y durante veintidós años el estado de Alabama se dedicó a cuidarlo con mimo para que compareciera en condiciones a su lance con la parca. La dieta en el corredor de la muerte lo mantuvo a tono para que la batalla final se saldara con gran emoción para los presentes y enviara al bueno de Ron al escuadrón de los resistentes, esos que batallan con un veneno letal para que los que aún estamos aquí observemos cómo se cruza la frontera. Hace dos años, en Oklahoma, otro tipo dedicó media hora a morirse. Las crónicas cuentan que hasta el silencio final se permitió convulsionar y murmurar, como si estuviese negociando. Estados Unidos ya no mata como solía. A los laboratorios les da reparo que se vea en directo cómo sus drogas devoran un cuerpo sano en un pispás. El corredor de la muerte es una ordinariez. Así que las cárceles andan probando combinaciones raras que no acaban de servir para matar como dios manda. Y así no hay forma. No imagino al verdugo de María Antonieta peleando con una guillotina con el filo romo. Así no hay quien trabaje. Y Estados Unidos es un país serio y moderno. Trump debe tomar medidas.