La nueva Ruta de la Seda

Fernando González Laxe
Fernando González Laxe FIRMA INVITADA

OPINIÓN

La situación económica internacional está siendo dominada por los ajustes derivados de la última crisis mundial, la denominada Gran Recesión, iniciada en el 2007. Todavía no nos hemos recuperado íntegramente, ni tan siquiera hemos alcanzado los niveles de antaño, aunque es cierto que se visualizan ciertos avances y muchas adaptaciones. La principal lección de la Gran Recesión es que, después de un crecimiento vertiginoso y descontrolado, suele venir una crisis financiera, una caída del consumo y un desajuste generalizado que dificulta la recuperación. Además, el hecho de no haber corregido dichos crecimientos desequilibrados, ni planteado políticas acordes con las estructuras y capacidades de respuesta, ha conllevado tres consecuencias no deseables: inversiones inmovilizadas (síntomas de sobrecapacidad por encima de la demanda); endeudamientos excesivos (imposibles de devolver); y, por último, amortizaciones empresariales y personales inalcanzables (por escasez de rendimientos y de ingresos, respectivamente).

Pero las enseñanzas de la crisis económica también nos han encaminado a mirar con lupa sus efectos inmediatos y colaterales. Y aquí emerge China, la segunda economía del planeta, que continúa afrontando sus desafíos sobre dos políticas. La primera, definiendo su nuevo modelo financiero y la segunda, fomentando el consumo. Respecto a la primera, su apuesta liberal significa la puesta en práctica de políticas muy liberalizadoras, con devaluaciones continuas y controladas del yuan y una desaceleración económica a través de la protección a las empresas con inversiones en China. La segunda, fomentando el consumo, desarrollado por medio de compensaciones por la reducción de las importaciones y la incitación a la demanda de productos nacionales.

La reciente reunión del G20, en Hangzhou, ha permitido escuchar al presidente chino, Xi Jinping, desbrozando sus objetivos estratégicos de cara al mundo. Dijo: «Es preciso coordinar las políticas monetarias y fiscales, así como las reformas estructurales, para estimular la economía y garantizar que dicha dinámica se mantenga a largo plazo». Sus pasos se dirigen a un nuevo modelo económico. China busca un impulso de la industria pesada, para hacerla más competitiva, innovadora y generadora de empleo; una concentración de las pequeñas empresas, para hacerlas susceptibles de poder incorporar creatividad, controles de calidad, diferenciación de productos y garantía de competitividad; el mantenimiento de elevadas jornadas de trabajo para frenar la competencia de los países próximos, y, finalmente, orientar su posición estratégica hacia Europa y África.

¿Cómo lo va a llevar a cabo? Sin duda alguna, por una apuesta marítima, recuperando las antiguas rutas del comercio. Por el Pacífico y el mar de China circulan el 40 % de los tráficos marítimos mundiales, y en Asia meridional se localizan 9 de los 10 primeros puertos del mundo. China busca recuperar el esplendor de la Ruta de la Seda, aquella que compatibilizaba cultura y comercio desde los principales países asiáticos con Europa. Por tanto, se desea reavivar y poder sembrar nuevas bases económicas, comerciales y financieras de indudable trascendencia.

Shanghái-Ningbo; Hong Kong-Shenzhen y Tianjin-Pekín serían las bases de dicho desarrollo económico-portuario. Dos apuestas diferentes en orden a compatibilizar y aumentar su nivel de posicionamiento. Unas, en base al fortalecimiento de los territorios interiores (áreas de Shanghái-Ningbo y de Shenzhen-Cantón); otras, en función del afianzamiento de las zonas adyacentes a los puertos (áreas de Xiamen-Kaohsiung-Keelung y de Tianjin-Qingdao-Dalian). Y ambas sobre una estructura administrativa de zonas económicas. Y, partir de ahí, las dos rutas, la que enfila Europa a través del estrecho de Malaca y el canal de Suez; y la otra, con destino a África, bien directamente o bien utilizando las bases territoriales europeas. Recientes decisiones, tales como la adquisición, por medio de la naviera china Cosco, del puerto de El Pireo, en Grecia, o el posicionamiento de empresas chinas en otros puertos mediterráneos o atlánticos, avalan esa nueva estrategia.

Esta decisión china supone, en primer término, incrementar su influencia en la estructura económica mundial y, en segundo lugar, lograr una nueva capacidad de proyección y de intervención. Sepámoslo y tomemos nota; y, por tanto, actuemos en consecuencia. De ahí mi insistencia en recomendar la definición de una verdadera estrategia-país, tanto en lo que hace referencia a los aspectos comerciales y financieros como en lo que atañe a la nueva diplomacia económica de las comunidades autónomas. Hasta ahora, los resultados no han avalado las actuaciones de los organismos existentes. Esperemos que, basándonos en la sabiduría china, todo se contagie.