Pablo Iglesias tiene todo el derecho del mundo a que no le gusten los desfiles militares y los homenajes a la bandera. En cierta manera, a mí me ocurre lo mismo. Y también al presidente en funciones, Mariano Rajoy, a quien en las vísperas del 12 de octubre del 2008 se le escapó aquello de: «Este domingo tengo el coñazo del desfile? En fin, un plan apasionante». Todo ello con independencia de que el miércoles pasado manifestara públicamente que para él era un honor haber asistido a la parada militar. ¿Y ese cambio en tan solo ocho años? Será que se está haciendo mayor, o que la situación actual requiere ingentes dosis de patriotismo. Me inclino porque el motivo no sea otro que la célebre hipocresía de la clase política. Pero volviendo a Iglesias, hay que destacar que mientras que cualquiera de ustedes, o quien esto escribe, somos muy libres de criticar o aplaudir eventos de este tipo, el máximo representante de la tercera fuerza política del país está obligado a asistir, y mucho más a respetar a los que optan por acudir porque les apetece o por considerar que como representantes de las instituciones deben hacer acto de presencia. Si se presenta a unas elecciones, sale elegido, y cobra el sueldo que cobra, tendrá que pagar su particular tributo de concurrir a los actos de la Fiesta Nacional de una España cuyos ciudadanos lo eligieron. Seguir en pleno siglo XXI utilizando como excusa a fray Bartolomé de las Casas y su leyenda negra me parece una interpretación oportunista de la historia.