Hay pocas colas que sean tan lentas como la de la charcutería. Los que aguardan su turno se entretienen moviéndose de un lado a otro. Como consecuencia, rara vez se forma una hilera ordenada. Y es que el trabajo del charcutero es de los que requieren tiempo. Cortar las lonchas de cada uno de los embutidos en la cantidad y con el grosor deseado requiere habilidad, paciencia y concentración. No puede confundirse ni el tipo de mortadela, ni el jamón cocido, pero, sobre todo, se debe de ser muy cuidadoso con el chorizo. Porque, aunque todos sean de la misma familia, hay gran variedad, cada uno tiene sus propiedades específicas, unos son para comer en crudo, otros para cocer, unos son tiernos, otros están más curados, unos tienen el punto justo de pimentón, otros son picantes. Y es que, en cuestión de chorizos, como en cuestión de gustos, no hay nada escrito.
Por eso no sorprende que, estos últimos días, una hilera bien ordenada sea objeto de tanto interés mediático: es la integrada por los acusados en diferentes casos de corrupción y de apropiación indebida, Gürtel, tarjetas black, etcétera, y sus abogados. Una hilera increpada por ciudadanos indignados con calificativos que nos llevan a considerar el mundo al revés, en el que los embutidos, en lugar de estar expuestos con su precio, aguardan para exponer los argumentos que los eximan de los delitos de los que se les acusa. Pero es que, aunque en ella abundaran los embutidos, no era una cola en una charcutería normal.