«No es no»: ¡¡Fiiiirmes!!


«Cada vez que uno abre la boca se le corre a gorrazos». Esas palabras, que bien podrían proceder de un opositor venezolano o de un periodista independiente en el último franquismo, salieron de la boca, hace unos días, de Fernández Vara, presidente socialista de la Junta de Extremadura, quien se quejaba de ser víctima de una cacería dirigida contra él por el aparato de Ferraz, que controla, como un pachá, uno de los líderes más funestos de la política española actual, sobrada de personajes que dan auténtica vergüenza.

¿Y qué ha hecho Vara para que la procesión de obedientes que Sánchez comanda con mano de hierro haya decretado tal persecución contra el infiel? Pues poner en duda que la ciega insistencia en la estrategia del «No es no, señor Rajoy» sea beneficiosa para el PSOE y para España. El presidente extremeño se ha limitado en realidad a desvelar el disparate que se esconde tras una política, la de Sánchez, que podría resumirse en una fórmula tan oportunista como absurda: «El PSOE no quiere nuevas elecciones, pero jamás dará su apoyo al candidato del único partido que está en condiciones de formar Gobierno y evitar que se repitan».

Con Sánchez a la cabeza, los críticos de Vara, agazapados tras ese patriotismo de partido que sirve de amparo a todas las estupideces y desmanes, exigen lealtad a la dirección y que las divergencias con ella se expresen solo internamente. Olvidan, así, dos principios elementales de toda organización que se proclame democrática: que la discrepancia del presidente extremeño no se refiere a una cuestión de las que conforman el ideario del partido, únicas sobre las que cabe exigir la susodicha lealtad; y que justamente por ello, porque Vara disiente de una decisión absolutamente discutible, que con muy buenas razones cabe suponer impulsada solo por el interés personal de Sánchez de seguir al frente del PSOE, la toma de posición del extremeño constituye no solo un derecho sino una obligación cívica de cualquier político sensato y responsable.

En realidad, lo que teme el grupo de amiguetes que se ha hecho con el aparato de Ferraz es que desde las propias filas se denuncie la debilidad de su posición en relación con la investidura, debilidad que es tan extraordinaria como dura, por ello mismo, la respuesta frente a todos los que se atreven a ponerla de relieve. La idea es ya vieja en el PSOE: el que se mueve no sale en la foto.

El enroque de Sánchez en defensa de su castillo de disimulos y mentiras es tan formidable que en apoyo de la libertad de Vara para disentir de Sánchez han salido en tromba un grupo de notables socialistas (Susana Díaz, Rubalcaba, Madina, Chacón o Elena Valenciano) que, con su muy tibia solidaridad, muestran la gran tragedia en que el PSOE se debate: muchos militantes saben que Sánchez los conduce a la debacle, ¡que sería la tercera! -debacle que las encuestas preanuncian ya en el País Vasco y en Galicia-, pero casi ninguno se atreve por miedo, interés o patriotismo partidista, a hacer lo que la realidad exige a gritos: mandar a Sánchez a su casa antes de que este acabe dirigiendo solo las cenizas del PSOE.

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