Debatiendo


Basta con ver uno de esos debates que alfombran el camino hacia las primarias de los demócratas o de los republicanos en Estados Unidos. Es suficiente con seguir uno de los gags memorables del programa Saturday Night Live en el que un falso Donald Trump cacarea desde su atril como si fuera el gallo del corral. No hay más que recuperar uno de esos diálogos parlamentarios de Westminster, de hoy y de siempre: «Señor Churchill, si yo fuera su esposa, le pondría veneno en el café». «Si yo fuera su marido, me lo bebería». Incluso ni siquiera es obligatorio cruzar más allá de las regueifas de aldea, que convierten cualquier sobremesa en una escena digna de La casa de las dagas voladoras. Estos bailes verbales, con más o menos coreografía, dejan en evidencia el fondo y la forma del debate electoral tal y como se concibe hoy en España. Los espectadores están cansados del rosario de monólogos, de los mantras que ya han escuchado de forma machacona en otros días de campaña, de las puntadas sin hilo argumental, de los corsés y los bloques pactados para que los sustos sean los justitos. Para encastillarse y jugar en campo propio ya están los mítines a mayor gloria de los candidatos o incluso Twitter, con sus hashtag, sus bloqueos y sus manadas encendidas. Ante este escenario con tanta cortina, muchos votantes acaban cambiando de canal. Porque prefieren meterse en casas ajenas para preparar un arroz con Bertín Osborne y Antonio Banderas o sumergirse sin disimulo en el Mar de plástico. Lo dicen las cifras de audiencia del debate electoral gallego. Todo un termómetro para los políticos y la política. Un suspenso cuando el curso solo acaba de empezar.

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