Los kurdos no son el problema, son la solución


Al presidente Erdogan las cosas no le están saliendo como quería, ni en el interior de Turquía ni en el exterior. La guerra civil en Siria le ha llenado el país de refugiados y le ha granjeado mala prensa por las fundadas acusaciones internacionales de que ha facilitado la entrada en ese país de terroristas y camiones con suministros para el Daesh.

Además, los kurdos y los rebeldes sirios integrantes de la YPG, la milicia que ha ido conquistando palmo a palmo el terreno ocupado por Daesh en el norte de Siria, ha posibilitado la consolidación de una región kurda allí. Por eso ha ordenado a sus tropas penetrar en territorio sirio y no para combatir a Daesh. ¿Por qué Turquía se opone a que un pueblo con una población superior a los 25 millones, con una historia milenaria, con un idioma -en realidad son cuatro-, una cultura y una tradición propias y muy diferenciadas de los árabes, iraníes y turcos puedan establecer un Estado? Hay muchísimas razones, pero, solo mencionaré tres.

El orgullo. Los turcos utilizaron a los kurdos durante siglos como freno al avance del imperio persa en su frontera oriental, así como para cometer los genocidios armenios y asirios de los siglos XIX y XX, pero siempre han fracasado en sus intentos de doblegarlos y asimilarlos.

La vergüenza. Los turcos lograron que la celebración de un referendo de autodeterminación kurdo recogido en el Tratado de Sèvres de 1921 fuera obviado en el de Lausana de 1923.

La geopolítica y la economía. A los kurdos les corresponde, al menos, entre el 20 y 25 % del territorio turco, el 15 % del territorio iraquí y un 8 % del sirio. El Kurdistán sería un Estado clave por controlar las fronteras, los recursos hídricos y las grandes reservas de petróleo en esta región, algo que, obviamente reduciría el poder e influencia turcas. Pero, aún a su pesar, los kurdos no son el problema, sino la solución.

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