Existe en muchos órdenes de la vida una curiosa tendencia al «cuanto más, mejor». Nos pasa con las comidas, con las fiestas y con otras muchas cosas, de tal manera que medimos la satisfacción o el éxito en términos de cantidad. Una cuestión paradigmática, en este sentido, es la valoración del número de turistas o de visitantes a determinadas áreas, como por ejemplo el Camino de Santiago, que nuestras autoridades saludan con regocijo y que yo, obviamente, no comparto.
Vemos cifras escalofriantes de visitantes del Parque Natural de As Illas Atlánticas que comprometen su conservación, invasiones de la playa de As Catedrais que convierten un extraordinario paraje en una feria, y observamos cómo el Camino Francés ha perdido su sentido volviéndose una especie de pasarela de ropa de senderismo. Sin embargo, lo vemos como un éxito.
En los pequeños pueblos, como el mío, qué les voy a contar. Las aceras se han convertido en aparcamientos que impiden pasar, las playas están saturadas y los vecinos tienen problemas para dejar los coches al volver de su trabajo o no pueden pasear sus perros; si alguien necesita una silla de ruedas, mejor que veranee en Siberia. Por si todo esto fuera poco, la cerveza suele estar caliente.
Se cuál es la importancia del sector turístico en el PIB español, su papel en la generación de empleo y en la dinamización de otros sectores. Conozco, también, la importancia que para los pequeños pueblos, casi deshabitados en el invierno, tienen los ingresos de la temporada estival; es obvio, pero está bien mencionarlo, que además todos somos turistas alguna vez y tenemos derecho a ir adonde nos guste.
Sin embargo, lo que está ocurriendo es que las Administraciones publicitan los destinos y saludan el incremento de la demanda turística en las áreas de las que son responsables, pero poco o nada han hecho para dotarlas de servicios que respondan a esa demanda; por supuesto, tampoco han pensado en qué medida esto dificulta la vida de los vecinos que allí residen. Se trata de una extraña forma de papanatismo en donde solo se tiene en cuenta la cantidad.
Piensen en el denominado «banco más bonito del mundo» en los acantilados de Loiba; los recuerdo desde hace décadas. Se trata de un paraje precioso cuya virtud era poder disfrutar de unas vistas extraordinarias, del silencio y de la soledad. Ahora, conocido a través de las redes sociales, se ha convertido en un lugar en que hay que esperar para sentarse en un banco, se producen atascos de tráfico y se necesita construir un aparcamiento; sigue siendo un lugar hermoso, pero si alguien quiere hacer una confidencia a su pareja en ese lugar tiene que ser rápido, hay cola.
Se ha escrito que el turismo sostenible es aquel respetuoso con el medio natural, cultural y social, y con los valores y costumbres de una comunidad o, dicho de otro modo, todo lo contrario al actual «cuanto más, mejor».