Tatuajes

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro DE BAR EN BAR

OPINIÓN

Si agarras la felicidad, no la sueltes. Me lo dijo frente al espejo de la barra del bar, donde los bebedores no quieren mirarse. Contemplaba los posos de un vaso muerto de hielo. Ponme otro, le gritó al barman. Sus brazos tenían un corazón tatuado, el derecho. Y en el izquierdo un nombre de mujer, María. Y un adverbio: Siempre. Ahora los tatuajes son como jarrones chinos, llenos de letras y dragones, los chavales se los ponen para diferenciarse de los otros chavales. Y no se dan cuenta que cada día son más parecidos. En mis tiempos eran otra cosa. Un tatuaje dolía de verdad. Era escribir con sangre sobre tu piel. La piel, escritor, es lo más verdadero que tenemos los seres humanos. Por eso puse su nombre. María. El próximo lunes es su santo. Quince de agosto. Yo lo escuchaba tomándome mi agua mineral, colgado en las noches de otro tiempo: cuando Johnnie Walker me escribía poemas en una libreta tan gastada como yo. Estás viejo, chaval, me dijo. Y tenía toda la razón. Pero no hablemos de mí, hace tiempo que no te veo, cómo te ha ido. Pues como el marinero de la canción de Fito. Qué canción, le pregunté. ¿No la conoces? Habla de un tipo que va de novia en novia y de mal en peor. Tiene versos antológicos: después de un invierno malo, una mala primavera; dime por qué estás buscando una lágrima en la arena. ¿Qué te parece, escritor? Son solo versos, le contesté. Qué viejo estás que ya no crees ni en los versos, me soltó como un disparo. De un trago acabó la copa. Me cogió de los hombros. Dijo: cuando se acerca el 15 de agosto me pongo así, perdóname la tristeza. Antes de irse me preguntó: ¿Sigues detrás de la felicidad, escritor? Yo, maldita sea, no supe qué contestarle.