Hay muchas delicias turcas, más allá del dulce típico. Turquía es un país fascinante. Su posición entre Oriente y Occidente lo convirtió desde siempre en un escenario increíble para la historia. También para los desastres. La pasada semana, otra vez. Un golpe de Estado que termina en una purga de Estado. Erdogan parece demasiado el problema y la solución. Aunque tampoco tiene sentido el posible papel de Estados Unidos en un regreso a la época de Henry Kissinger manejando hilos que nunca se sabrá con certeza cuáles han sido. Como tampoco se sabrá con claridad si Erdogan organizó el caos para jugar al ajedrez con su pueblo. Todo es posible en el vértigo que se ha vivido en esa potencia en las últimas horas. Estambul es bella. La prosa de Orham Pamuk, el premio nobel turco, es otra de esas delicias turcas por las que merece la pena viajar a ese lugar. A esas calles, que cuando no están amenazadas por las guerras del poder, de todos los poderes, son tan ricas en aromas y matices que hacen que los sentidos vivan una fiesta. Es mucho mejor la pasión turca de los sentidos, colores, olores, que la pasión turca por doblegar a los que no piensan como tú, el color de la sangre, el hedor de los cadáveres. Entre el calor de estos días y las imágenes de Niza o de Turquía podemos creer que el mundo se ha vuelto loco. Pero no. Es el mismo mundo absurdo en el que la historia se repite y repite. Solo que ahora se transmite casi en directo. Pero, no lo duden, detrás está el viejo corazón humano, capaz de bombear lo mejor y de lo peor. El ser humano que planifica la destrucción sin pensar ni pesar las consecuencias. Que es capaz de cortarse una mano cuando sabe que no le va a crecer otra.