El PSOE tiene derecho, desde luego, a impedir, sin dar lugar a discusión, que el PP forme Gobierno, aunque ello signifique conducir a España a la disparatada convocatoria de unas terceras elecciones, de las que los socialistas serían los únicos culpables (como lo fueron ya de las segundas), elecciones de las que nadie, empezando por el propio PSOE, obtendría beneficios y que perjudicarían gravemente la situación política, social y económica de España y arrasarían en el ámbito internacional el prestigio del país.
El PSOE tiene derecho, por supuesto, a mantener una posición meramente tacticista, en defensa solo de las sillas de Sánchez y su corte del faraón, y a retrasar la eventual abstención que posibilitaría la elección de Rajoy, hasta el límite marcado temporalmente por la ley, aunque ese insensato modo de actuar lo convierta de hecho en responsable de alargar, para nada, la delicadísima situación de interinidad política que vive España.
Y el PSOE tiene derecho, claro está, a forzar el fracaso de la investidura de Rajoy, quien ha sido el indiscutible ganador de los comicios, para montar luego una burda operación destinada a hacer a Sánchez presidente -su única y patológica obsesión- con los votos de Podemos, el independentismo catalán y la abstención de Bildu (los herederos y defensores de la ejecutoria -¡y nunca mejor dicho!- de ETA militar), aunque ese pacto ignominioso supondría burlar de un modo escandaloso el prístino sentido democrático del pronunciamiento del cuerpo electoral.
El PSOE tiene derecho a todo eso, porque la ley se lo permite, pero no, sin embargo, pues ello constituye políticamente una bajeza, a engañar sin rebozo a treinta y cuatro millones de electores, tomándolos por unos estúpidos que no saben distinguir la verdad de la mentira. Porque mentira es, como una casa, emplazar a Rajoy a que forme Gobierno con todas las derechas, lo que incluye a una parte del independentismo catalán, pacto ese que, de producirse, sería inmediatamente denunciado, con razón, por el PSOE, como una traición a la unidad de España. Porque mentira es sostener, como los socialistas ya lo hicieron en diciembre, con el resultado conocido (cinco escaños menos para el PSOE y 14 más para el PP), que Rajoy debe intentar formar Gobierno, cuando no tienen ninguna posibilidad de hacerlo sin la abstención de, al menos, una parte de los diputados socialistas. Y porque mentira es, en fin, tratar de endosar el resultado final de la investidura a cualquiera que no sea el PSOE, de quien depende únicamente que haya Gobierno ya, lo haya dentro de varios meses o no lo haya jamás en la legislatura que acaba de elegirse.
El PSOE fue un día un partido vertebral para la gobernabilidad de España, que hizo una contribución esencial a su modernización y estabilidad constitucional. Pero, y de verdad siento decirlo, ha acabado por convertirse en un grupo de amiguetes que no tienen más preocupación que su futuro personal, en clara burla de sus millones de electores, que no se merecen que sus votos sean gestionados con tal irresponsabilidad y falta de sentido del Estado.