Un grupo de adolescentes gallegos y dos profesores visitaron estos días Berlín. El siglo XXI ha domesticado la ciudad que en noviembre del 89 se asomó, salvaje, a la modernidad con un background imposible de igualar. A principios de los 90, con los pespuntes del muro aún visibles, Berlín era un territorio increíble, con dos mundos que urgían el encuentro y en el que se estaba esculpiendo el nuevo Occidente. Transpiraba la energía creadora que tienen los comienzos, generosa e integradora, cosmopolita e inesperada. La expedición gallega llegó a Berlín con la agenda repleta y la emoción intacta pero regresó con una sensación incómoda, la de sentir que no eran del todo bienvenidos a un país que hoy parece amedrentado.
Morenos, gremiales y salados, el grupo acumuló un desagravio menor cada día, un mohín en la cola del metro, una mirada de desprecio en un café. Un mediodía, comieron en un despacho de viandas urgentes. Uno de los chavales reclamó la pericia lingüística de su profesora para enfrentarse a la dueña del boliche. Los acusaba de haberle robado unas bandejas. La maestra contestó a la falsa acusación con la contundencia de una vida paseada por el mundo. Se marcharon mientras los gritos de la teutona los acompañaban.
Por la noche, de regreso al hotel, pasaron de nuevo frente al figón y sintieron cómo el hormigueo de la injusticia les incomodaba el alma. Dispuestos a dejar constancia escrita del maltrato de una falsa acusación escribieron en la puerta del local: ¿Aparecieron sus bandejas? No somos ladrones».
Se fueron a dormir con la calma que proporcionan los desahogos. La noche siguiente, los pasos los colocaron de nuevo ante el barzucho cerrado. Su frase seguía intacta, pero debajo había otra: «Os pido disculpas con todo mi corazón. Lo siento mucho».
Antes de despedirse, los gallegos morenos del sur remataron el intercambio: «Te perdonamos. Sé buena».
Puede que Europa aún tenga solución.