El zarpazo

OPINIÓN

11 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Un emigrante de Terra de Montes, que había vivido veintiséis años en Lombardía -jamás decía Italia-, explicaba a los vecinos lo fácil que era entenderse en Milán: «Branco dise bianco, pan dise pane, e zarpazo dise sorpasso». Los estudiantes de entonces, muy pagados de la ruptura generacional que estábamos protagonizando, citábamos sus lecciones en tono burlesco, poniendo al pobre Marco Polo -que así le llamábamos- como ejemplo de ignorante osadía. Y tuvieron que pasar cuarenta y cinco años, hasta ayer mismo, para que yo me diese cuenta de que aquel hombre era un politólogo visionario, que, valiéndose de una metonimia consciente, adelantaba el significado que va a tener en España el célebre sorpasso.

El brete que espera al PSOE no es que vaya a sufrir un sorpasso, que, aunque plantea graves dilemas y exige asumir responsabilidades, es algo normal en el oficio de la política. El problema -Marco Polo dixit- es que va a recibir un zarpazo que puede mandarlo al cementerio, y que hará inútiles todas las asunciones de responsabilidades que quieran hacerse el 27J para mitigar el golpe, evitar el colapso e iniciar la convalecencia. A Sánchez, aunque suene paradójico, le puede convenir el zarpazo, porque casi le obliga a ser -detrás del vicepresidente primero, general Rodríguez- el vicepresidente segundo de Iglesias. Pero al PSOE lo pone a los pies de los caballos, con una agonía lenta y dolorosa de la que es muy posible que no se recupere jamás.

Si el resultado del 26J se aproxima a lo que dice el CIS, estamos ante una auténtica catástrofe, ya que, con menos capacidad de maniobra que en diciembre, nos veremos abocados a escoger -resumiendo mucho- entre un gobierno atrabiliario de PSOE, Podemos, confluencias e independentistas- presidido por Iglesias-, o ir a las terceras elecciones. Y, aunque es evidente que la presión para hacer cualquier Gobierno, o para salir por peteneras, va a vencer la resistencia de esta caterva de fracasados a la que le estamos entregando el poder y el Estado, no por eso nos vamos a librar de lo que está pasando en Cataluña, y que, descrito en sus términos esenciales, es el empeño en gobernar sin tener con qué, de confundir los deseos con la realidad, y de identificar la regeneración del país con ir tirando de cualquier manera hacia cualquier destino.

Las esperanzas solo pueden estar en que el CIS se haya equivocado, que la ciudadanía espabile y evite el sorpasso, que el PP sume mayoría con Ciudadanos, o que Iglesias tenga tanto éxito que pueda gobernar con los independentistas y los batasunos e iniciar, con toda legitimidad, la demolición del Estado. Porque incluso la tierra quemada es mejor que esta incertidumbre trapalleira hacia la que todos caminamos -en metáfora de Isaías- «como ovejas que van al matadero», fieles a la contumacia, y «viéndolas venir».