A mi amigo Fran le preguntan todos los días quién va a ser el nuevo entrenador del Deportivo. Pero sabe cómo se las gastan los tribuneros, así que lo tiene claro:
-Da igual quién venga. Aunque viniese Guardiola, a los cinco minutos lo estaríamos poniendo a parir.
El cargo de presidente del Gobierno, como el de entrenador, está sobrevalorado, porque en el fondo lo único que estamos eligiendo en ambos casos es un esparrin al que zumbar durante cuatro años para luego estudiar si le renovamos el contrato o si traemos a otro que encaje los guantazos con más aplomo y elegancia.
Si tuviésemos un Richard Barral o un Monchi de la política que nos hiciese un sesudo informe técnico sobre los aspirantes a la presidencia del Gobierno, llegaríamos a la misma conclusión a la que ya hemos llegado nosotros solitos: ninguno de los cuatro candidatos da la talla mínima exigible para ser el inquilino de la Moncloa.
¿Y el menos malo? Calcular quién es el menos malo entre Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera puede resultar incluso más complicado que buscar un quinto alternativo, así que a estas alturas a lo único que aspiramos es a quedarnos con el presidente que menos estorbe.
Esto ya lo contó mucho mejor Michael Caine hace años al explicar por qué Sylvester Stallone era un gran actor:
-Porque Stallone tiene claro que lo mejor que puedes hacer en un rodaje, cuando no tienes que actuar, es largarte al camerino o permanecer callado en un rincón. Lo más importante es no estorbar.