Subversión de valores, penitencia civil


No es la primera vez que un terrorista entra y habla en un Parlamento: un miembro de ETA, hoy huido de la Justicia, fue presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento vasco. Si Otegi hubiese sido invitado a un despacho de la Generalitat de Cataluña, tampoco sería la primera vez que alguien considerado terrorista por la derecha española entraba en una sede de gobierno. Todavía recuerdo cómo el diario Abc tituló la visita de Arafat al presidente Adolfo Suárez: «Un terrorista en la Moncloa». Y, sin embargo, la jornada de Otegi en el Parlamento catalán ha sido una jornada muy dura para gran parte de los ciudadanos. Ha sido una afrenta. «Denigrante», la calificó el ministro Fernández Díaz, y García Albiol la definió como «un acto de indignidad del Parlament».

Vayan por delante dos consideraciones personales. Una, para dejar constancia de que Arnaldo Otegi tuvo algún mérito en el final de ETA: cuando gobernaba Zapatero y se negoció formalmente, él ha sido uno de los puntales básicos para que esa banda terrorista dejase de matar. Otra, para decir que este cronista desea que haya tal asentamiento de la paz en el País Vasco que la convivencia de asesinos y víctimas no sea un hecho excepcional, como no lo es en Irlanda ni en otros lugares históricamente castigados por el terrorismo. Al fin y al cabo, los que han cumplido sus penas son ciudadanos con todos sus derechos civiles. Y los representantes de ambos ocupan y ocuparán escaños vecinos en las sedes parlamentarias de Vitoria y Madrid.

Pero esa normalidad se dará en el futuro. Hoy es preciso pasar unos trámites. Siendo verdad todo esto, también lo es que Otegi todavía representa lo peor de la violencia del último medio siglo. Detrás de su filosofía queda un reguero de casi un millar de asesinatos viles y crueles, de cientos de familias rotas, de viudas y de huérfanos y de una justificación de la sangre por dirigentes como Otegi que jamás podrá ser compartida por la gente de bien; por los ciudadanos sencilla y limpiamente demócratas.

La frontera entre el respeto a la persona que ya no tiene deudas con la Justicia y el homenaje al inspirador de la violencia no puede ser traspasada sin matices. Arnaldo Otegi, antes de ser tratado como símbolo en un Parlamento, el catalán o cualquier otro, tiene que cumplir una penitencia civil. Tiene que ser consciente del dolor que ha causado, y las víctimas tienen todo el derecho a recordárselo. Esos son los trámites a que me refiero. Si quien ha justificado los crímenes e hizo su carrera política bajo el sonido del tiro en la nuca empieza a recibir homenajes sin pasar esa penitencia civil, estamos ante una subversión de valores; ante un pésimo signo para el país.

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