Es un engorro. Hay que entenderlo. Es fatigoso tener que girar el cuello desde Madrid hacia eso que algunos llaman provincias. O ponerse de puntillas desde Barcelona para ver qué «din os rumorosos» en la esquina pobre, no vaya a ser que pase por allí un tren de más. Es más sencillo lanzar medidas de Gobierno desde el remanso del plasma o ser el gallo del corral televisivo. Que nadie cuestione la autoridad imperial de un dedazo o ponga en duda el portento democrático del hashtag.
Es molesto que La Voz publique que llegó la marea negra que nunca iba a alcanzar Galicia. Que te pregunten una vez más por el AVE. Que no entierren el accidente de Angrois. Que te digan que universitarios brillantes se quedaron sin beca. Que te planteen para qué sirve tu Diputación, tu Senado, tu chiringuito. Que te pidan en plena campaña un proyecto para Galicia que tú no tienes. Que las puñaladas que se dan en tu partido dejen manchas de tinta sobre el papel. Que te exijan educación. Que te insistan en que el fútbol no debe marcarle goles a Hacienda. Que no se olviden ni del pan ni de la leche. Que te recriminen que las grandes facturas de España las pagan los de siempre. Que te pongan delante un espejo como Yo protesto y te hagan una disección sin anestesia, un retrato sin Photoshop.
Toparse todos los días con un editor que no calla es incómodo para muchos. Santiago Rey no tiene el escudo del anonimato, pero empuña la lanza de la cabecera. Así, con un aleteo sobre el teclado, el periodista de turno puede estropearles a los de arriba el titular soñado, el del comunicado envuelto en papel de regalo, el del emotivo discurso mirando a la cámara, el del tuit estratégico. Con lo bonito que había quedado... Qué fastidio. Disculpen las molestias.