Los políticos se han pasado más de cien días dando vueltas alrededor de las sillas y nadie ha conseguido sentarse. Todos dijeron hasta el hartazgo que los votantes habían hablado en las urnas, repitieron que era obligatorio escucharlos. Llegaba el fin de las mayorías absolutas, la presunta época del diálogo, la supuesta era del entendimiento. Es cierto que sus señorías dejan para la posteridad un acuerdo aprobado por unanimidad en el Congreso. Los diputados sí que alcanzaron un pacto para aplazar un pleno y encadenar 21 días libres en Semana Santa (lo que viene siendo una triple Semana Santa con tirabuzón y carpado). Descanso merecido. Nueva política, vicios de siempre.
¿Cambiará la música después del 26 de junio? En estos meses han sonado diferentes cantinelas gracias a los cuatro líderes de los partidos más votados. «Yo no me muevo ni aunque el Rey me pida dar el paso»; «yo soy el primero en moverme aunque no vaya a ningún sitio»; «yo me muevo de aquí para allá, de izquierda a derecha, de arriba a abajo»; y «yo, yo y solo yo». Ahora todos corren para alejarse de la culpa. El pecado original siempre es del otro. O de los medios que no aplauden. O del árbitro.
Mientras tanto, en todo este tiempo de negociaciones fallidas, el corazón de Europa ha sido atacado por el terror. La UE se ha traicionado a sí misma con el parche turco para refugiados. España sigue alimentando su déficit económico y su superávit en casos de corrupción. Y Galicia continúa perdiendo, electores. Ah, y las vacas. Ese brote de abandono y putrefacción, ese espejo en el que hay que mirarse, ese símbolo por los suelos. Pero que nadie se inquiete. Llegan otras elecciones para solucionar todo lo importante... O para volver a bailar alrededor de una silla.