Toda la sociedad sufre las consecuencias de una guerra, que provoca su desmantelamiento, algo mucho peor, si cabe, que la destrucción física de un país. Porque un país es un territorio, un espacio físico, pero, sobre todo, el conjunto de personas que lo habitan. Cuando la sociedad se resquebraja, son siempre los más débiles y vulnerables los que más sufren: los ancianos, los enfermos, las mujeres y, por supuesto, los niños. Y una sociedad que pierde a sus niños o permite que estos pierdan su infancia, es una sociedad fracasada, estéril, muerta.
Según las estimaciones de la oenegé Save the Children, al menos 26.000 niños llegaron a Europa el año pasado sin acompañamiento. Más de 10.000 niños se dan por desaparecidos. Muchos llegan a las familias y amigos ya alojados en Europa. Pero, en las mareas humanas que se desplazan en busca de refugio cruzando el Mediterráneo y caminando hacia el norte de Europa, un pequeño que se cae o se despista, puede acabar en manos de las mafias. Mafias que, en el mejor de los casos, los esclavizan para trabajar o robar y que, en el peor, los prostituyen o venden para el tráfico de órganos. Porque, el mayor negocio de hoy en día ya no es la venta de armas ilegales o el narcotráfico, sino el tráfico de seres humanos. Un negocio detestable que nos sitúa hace más de dos mil años, cuando la esclavitud era algo tan normal como la ausencia de derechos. ¿Qué Europa es esta incapaz de proteger a los niños, aunque sean de otros?