Entre las muchas virtudes políticas que adornan a Mariano Rajoy no están desde luego la del olfato para detectar cuándo alguien le está engañando, la contundencia a la hora de destituir a quien defrauda su confianza, ni el buen tino para escoger a los cargos de su partido y su Gobierno. Casi con la sola excepción de Soraya Sáenz de Santamaría y Ana Pastor, ambas de su círculo más íntimo, su primer Ejecutivo fue un compendio de errores de designación. El fiasco de Gallardón estaba cantado; la prepotencia de Wert no auguraba nada bueno; el machismo y los negocios de Cañete cuestionaban su idoneidad; la verborragia de García-Margallo era una garantía de problemas; el pasado de Morenés no era adecuado para Defensa; la obsesión de Fernández Díaz por mezclar política y religión es de otro tiempo. Y sobre Ana Mato, está todo dicho. Bien podría afirmarse que, más que gracias a sus ministros, Rajoy ganó las elecciones el 20D y puede volver a ganarlas el 26J a pesar de ellos.
No se entiende tampoco qué pudo ver Rajoy en un personaje como José Manuel Soria, con un ego desmesurado y siempre salpicado por la polémica, para convertirlo en uno de sus ministros más cercanos. Pero lo que raya en lo patológico es que, con el panorama que tiene por delante, el líder del PP lo siga respaldando sin forzarlo a apartarse de inmediato pese al tropel de falsedades, renuncios y medias verdades en las que ha incurrido el titular de Industria con sus torpes explicaciones tras su aparición en los papeles de Panamá. A la hora de escribir este artículo, Soria seguía en su cargo. Un error que se suma a los que Rajoy cometió con Bárcenas, con Rato o con Matas, y también a la defensa de un personaje dañino para el PP como Rita Barberá. A todos ellos los respaldó contra viento y marea para tener después que tomar distancia y asumir lo evidente. Resulta sorprendente que con semejantes problemas para detectar y castigar la traición a la confianza, la deslealtad, el ansia de enriquecimiento y la prevalencia del cargo para medrar, haya podido tener una carrera tan dilatada como exitosa, que le ha llevado a ocupar la presidencia del Gobierno.
Pese a la catarata de casos de corrupción que afectan al PP y a la aparente desgana de Rajoy a la hora de purgar su partido de aprovechados -«aquí ya no se pasa ninguna», dijo en febrero-, las pasadas elecciones y las encuestas sobre las que podrían celebrarse el 26 de junio acreditan que hay millones de españoles a los que les repugnan los casos de corrupción que se están conociendo, pero que están dispuestos a votar al PP porque consideran que la alternativa es la falta de principios que achacan al PSOE, el populismo irresponsable que ven en Podemos o el oportunismo político que perciben en Ciudadanos. Pero Rajoy debe empezar a cuestionarse si no está abusando ya de la paciencia de sus votantes con su falta de contundencia. Si pretende ser creíble, debe forzar ya la renuncia de Soria e impedir que el lunes se suba a la tribuna del Congreso como ministro de su Gobierno.