El «show» de Pablo Iglesias

Enrique Clemente Navarro
Enrique Clemente LA MIRADA

OPINIÓN

Pablo Iglesias ha convertido la nueva política en una sucesión de golpes de efecto teatrales que hacen cada vez más difícil distinguir el fondo de la forma, la realidad del postureo. Si algo ha demostrado es que es capaz de transformarse de lobo en cordero, de doctor Jekyll en míster Hyde, o viceversa, en un abrir y cerrar de ojos, según le convenga. Su penúltima representación ha sido renunciar a una vicepresidencia omnímoda que se había otorgado a sí mismo. El magnánimo Iglesias, en otra pirueta táctica, dio un paso atrás que lo convierte en el vicepresidente nonato más efímero de la historia. Argumentó que no quiere ser un obstáculo para que se forme un Gobierno a la valenciana, pero fue él mismo el que enterró en cal viva cualquier posibilidad. En realidad lo que quiere es evitar a toda costa que se le culpe de que haya elecciones. Por eso, el mismo político que decapitó a Sergio Pascual con mano de hierro para purgar el errejonismo no es capaz de asumir en solitario la responsabilidad de que tengamos que ir de nuevo a las urnas y se la endosa a las bases. A estas alturas no cabe duda de que un componente esencial de su actuación es la teatralización, tratar de epatar, el show permanente. Desde los muy estudiados happenings que monta en el Congreso, incluido el montaje del niño de Bescansa o su pico a otro diputado, al histrionismo de la cal viva, pasando por su renuncia a un cargo ficticio para convertirse en un mártir. Eso sí, siempre dispuesto a remangarse y dejarse la piel, los revolucionarios conceptos negociadores que ha acuñado. Puede que, como dijo Susana Díaz, tenga una faceta de artista, pero sin duda posee otra de prestidigitador al que hace tiempo que gran parte del auditorio le ha pillado los trucos.