Los afganos, los iraquíes, los refugiados sirios, los palestinos y kurdos, los que soportan la dictadura egipcia, los que viven en la Libia fallida, los amenazados por el Estado Islámico y los súbditos de las monarquías absolutas de Arabia o Yemen, no odian ni combaten el estilo de vida occidental, ni nuestra cultura. Bien al contrario, envidian todo eso. Porque saben que vivimos en el paraíso de paz, bienestar y libertad que sueñan para sus hijos.
Los que odian nuestro estilo de vida son los privilegiados que viven aquí, los hijos de inmigrantes que estudiaron con nosotros, que son atendidos en nuestros hospitales, y que disfrutan las democracias que luego usan para radicalizarse y liberarse a sí mismos -y a nosotros- de nuestra terrible decadencia. ¿Y por qué nos odian tanto estos hermanos, hijos de nuestras naciones? Porque nos juzgan desde dentro, sin miedo a la miseria y la opresión que vivieron sus padres. Y creen, igual que nuestros jóvenes y nuestras opiniones públicas, que viven en sociedades corruptas, desiguales y empobrecidas, donde se destruyen los servicios públicos y se desahucian viudas, donde las políticas de ajuste extienden el paro al servicio de los especuladores, donde domina una religión supersticiosa y pederasta que colabora con el establishment en contra de la modernidad, y donde la libertad de expresión está cautiva de los Gobiernos, los curas y la banca. Ellos odian la España desnortada de las secesiones y el desprecio de sí misma. Y a la OTAN que bombardea para ayudar. Y al Reino Unido que busca el fracaso de la UE. Y a la Escocia que quiere irse del Reino Unido. Y a la Italia de la Liga Norte. Y a la Bélgica fragmentada. Y a la Francia que añora las fronteras y los sables desenvainados. Y a los países del Este que acarician la democracia a contrapelo. Y a los nórdicos que se protegen detrás de la ultraderecha. Y a estos parlamentos y partidos que, al parecer, no nos representan, porque están en manos de castas que le cierran el paso a las revoluciones de indignados, secesionistas y colectivistas que quieren redimirnos.
Pero nadie habla de esto. Porque esta merde de Europa -como diría la reina- se transforma en el niño que jamás rompió un plato tan pronto como nos ataca el enemigo exterior. No vemos que el EI alista aquí los yihadistas que no logra allí. Y por eso vamos a seguir alanceando molinos de viento. Porque, al no ver el virus que llevamos dentro, creemos que nos está contagiando un pobre diablo que en realidad se infectó entre nosotros. ¡Europa, no busques fuera tus males! Porque si tú no te quieres, y sigues añorando el soberanismo caduco de tus Estados y alianzas, acabarás viendo enemigos por todas partes. Siempre lo hiciste. Y nunca te has enterado de tus miserias hasta que se presentaron, armadas y uniformadas, en los campos de batalla.