Semana de Pasión

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Sostiene el escritor Alfredo Conde que aguarda por los días en los que coincide la Semana Santa, para que quien suscribe esta columna vuelva a escribir acerca de su pueblo, de Viveiro, lo que ya viene siendo habitual cada semana que va desde el Domingo de Ramos al Domingo de Gloria.

El cronista exhuma la semana de Pasión contando que los viejos valores de la tradición sufren, experimentan una puesta al día que mueve y conmueve a todo un pueblo, a miles de cofrades y nazarenos en un esfuerzo colectivo que poco o nada entiende de discrepancias, partidos y/o banderías. Debajo de los pasos que alzan santos y figuras bíblicas, no existen diferencias. Ateos y devotos arriman al hombro en un inexplicable todos a una. Cada jueves o viernes de Pasión se escucha referir como una leyenda urbana que corre por las viejas rúas de Viveiro el dicho local que asegura: «Eu non creo en Dios, pero creo nas procesións», y que define y sintetiza la idiosincrasia local.

He visto la piedad mística, estoica y devota de los sintoístas mimando altares y silencio en tierras lejanas, visité en Hong Kong hace menos de una década un gigantesco Buda dorado en lo alto de una imposible y esforzada escalinata y vi cómo centenares de budistas anónimos hacían acto de penitencia ascendiendo los cientos de escalones que los acercaban a dios.

Escuché oraciones en recoletos monasterios perdidos por Europa y oré al lado de píos ciudadanos en las antañonas catedrales, observé el gozo de peregrinos rindiendo viaje en la misa mayor de la seo compostelana, pero nunca participé con tanta intensidad de la fe popular como en la mirada turbia, titubeantemente llorosa de una anciana contemplando al aire libre, en la fría mañana del Encuentro franciscano, del singular auto sacramental que, guiado por la voz tonante de un fraile, tiene lugar cada Viernes Santo en la plaza Mayor de Viveiro, en la que santos articulados, Cristos de las tres caídas, y una Virgen que llora por su hijo a punto de ser asesinado escenifican desde hace siglos la misma historia que por repetida resulta siempre nueva, distinta.

Para mí, es la autentica síntesis de la semana de Pasión, de la semana más grande que tiene lugar en un pueblo pequeño en un rincón norteño de la costa cantábrica, la que yo cuento a mis amigos como quien cuenta un relato de Carlos Casares o de Julio Cortázar con énfasis apasionado, con idéntica lectura de darle a un viajero la llave de una puerta que abre para siempre la casa común de las maravillas.

Y como todos los años, escribo para que el compromiso contraído con todo un pueblo que presume legítimamente de sus tradiciones, traiga hasta aquí el inexplicable misterio de la fe, y que yo cuento para que una vez más Alfredo Conde pueda leer esta párvula crónica acerca de mi particular semana de Pasión, la de mi pueblo, Viveiro.