No al menos mientras este país sea el que es y en él prevalezca la democracia. Porque, a pesar de la dureza de la crisis, la distribución de las preferencias en el eje izquierda-derecha ha variado poco y porque en democracia, por imperfecta o insatisfactoria que pueda ser, no encaja la categoría de enemigo. Por eso Carl Schmitt, jurista y teórico del nazismo, se afanó en demoler el liberalismo democrático y en definir la política como enfrentamiento entre amigos y enemigos. Es la identificación de adversarios con enemigos la que lleva a demonizar el acuerdo, visto como traición, cuando en él está la esencia de la política y del avance social. Mandela no asaltó: evolucionó, sedujo, pactó. Suárez evolucionó, sedujo, pactó y se convirtió en un héroe de la retirada. Asaltaron Hitler y Lenin, Franco y Mao.
Formulo la hipótesis de que existe una corriente de fondo que, más allá de las preferencias partidistas, prima el entendimiento transversal en este tiempo de excepción y de que, más allá del corsé paralizante de las dos Españas, una mayoría puede encontrarse en el espacio común del diálogo. Espacio común: ¿hay algo más de izquierdas?
El poscapitalismo -de parto lento y doloroso- se fragua hibridando elementos dispares: verdadera libertad económica -no neoliberalismo-, tecnología en red, procomún colaborativo, renta básica, decrecimiento, transición energética, ecologismo, gobernanza global y feminización. Mezcla, yuxtaposición y fertilización cruzada se imponen en una época de mutación acelerada que exige mover los marcos de las leiras políticas. Eso es mestizaje.
La apelación a las esencias y a la tribu es propia de la parte reptiliana de nuestro cerebro, que aflora ante crisis y amenazas. Es la respuesta fácil, pero errónea. El camino del cambio necesita abundante pensamiento lateral. Lo otro son falsos atajos, cantos de sirena.
Si la hipótesis es correcta, solo quienes se adapten a ella ingresarán en el futuro político. Va siendo tiempo de asumir que el cielo no se toma por asalto, de dejar atrás la soberbia intelectual, de templar el discurso incendiario. También de entender que el poder democrático no se conserva atrincherándose y no puede ya ejercerse desde la inacción, que la crisis aniquila mayorías, que una sociedad harta de paro y corrupción pide sacrificios políticos a la altura del sufrimiento social y que el mismo cielo que no puede asaltarse exige un chivo expiatorio para que el orden alterado se recomponga.