Anatomía de una mala gestión

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

01 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Sigo pensando que el pacto Sánchez-Rivera ha sido un buen ejercicio democrático. Al menos tiene el mérito de haber intentado una coalición de gobierno del Estado, cosa que nunca se hizo en esta etapa democrática. A ese mérito hay que descontarle el ansia de poder de Pedro Sánchez, pero a ver qué político no la tiene; las prisas en la redacción del pacto, pero lo urgía el calendario; la escasez numérica de escaños, pero el resultado de las urnas no daba más de sí. Al final se cumplió lo que decía el torero y «lo que no puede ser no puede ser y además es imposible». La gran aventura de construir un centro que sumase el centro-derecha y el centro-izquierda ha fracasado. Y con ella el intento de un cambio pactado de Gobierno. No pudo ampliarse hacia el PP, como es natural, ni hacia Podemos por mala gestión del promotor Sánchez.

¿Por qué digo mala gestión? Porque Pedro pensó que el acuerdo con Ciudadanos iba a ser un imán que atraería a Pablo Iglesias por algo parecido a la ley de la gravedad; porque firmó con Ciudadanos al mismo tiempo que negociaba con Podemos, y Podemos lo tomó como un engaño taimado; porque Pedro lo volvió a intentar ayer y cayó en errores nuevos, pero elementales: remitiendo unos papeles que resultaron vagos para sus destinatarios y merecieron el menosprecio del «corta y pega» y un sonoro «esto no es serio» por parte de Pablo Iglesias. Al final, Xavi Doménech, portavoz de En Comú Podem, terminó dando las gracias «por la propina». El intento de construir una mayoría de cambio se quedó en un pobre intercambio de tuits que redondea la pobreza de todo el proceso.

Así llega Pedro Sánchez a la primera jornada de su fallida investidura. En esas condiciones dirá su discurso, que supongo concienzudamente preparado. Será inevitable la sensación de pérdida de tiempo, de esfuerzo inútil y de predicación en un desierto poblado de diputados que no quieren oír al predicador. Mañana caerán sobre el líder socialista chuzos de punta, porque se espera al Rajoy más contundente, al Iglesias más hiriente porque sangrará por su propia herida y al bueno de Albert Rivera en el incómodo papel de defensor de la insuficiencia.

Pedro Sánchez ha disfrutado de unas semanas de protagonismo regalado por Mariano Rajoy al declinar el encargo del rey. Se dice que se ha consolidado como líder del PSOE, lo cual le otorga el diploma de gran superviviente de todas las trampas que le han puesto. Pero ni siquiera eso es seguro hasta las primarias de mayo. Hoy hablará mucho y probablemente bien. Pero el cierre de su episodio será un quiero y no puedo con el amargo regusto de una gestión defectuosa; un nada en dos sesiones de investidura, por no decir aquello de «nada con sifón».