En la Liga de la política está todo por jugar. Aún queda la segunda vuelta y habrá que esperar al descuento del último partido o asistir a la repetición de la competición por falta de ganador. Desde el principio, Rajoy ha buscado con ahínco el empate, pero ya se sabe que este solo suma un punto y no permite ganar campeonatos. Es lo que tiene jugar a la defensiva, al más puro catenaccio, y driblar incluso al árbitro, en este caso el rey, para mantenerse atrás. Esa supuesta jugada maestra le ha hecho perder el balón y lo ha dejado en claro fuera de juego, burlado incluso por Rivera, al que podría haber fichado sin problemas porque va bien con la derecha. Sánchez estuvo a punto de descender a segunda en la jornada trascendental del 20D. Pero ha ido arañando puntos a base de arriesgar, aun teniendo jugadores de su propio equipo que le hacen la cama. Lo acusaron de jugar demasiado escorado a la izquierda, él mismo amagó con irse al ataque por esa banda, pero ha preferido cargar el juego por la derecha y hacerse con el centro del campo, aunque carece de profundidad y remate. Ha encontrado un socio inesperado, Rivera, con el que se entiende mejor que con un zurdo cerrado como es Pablo Iglesias, que exigió ser el entrenador, el capitán y el crac de la formación roja antes de empezar a calentar y ahora se ha visto abocado al banquillo, como el rocoso Rajoy. Ambos esperan su oportunidad para pasar al contragolpe. De no contar, Rivera ha pasado a aspirar a la Champions. Ha remontado a base de centrocampismo y de predicar el fair play. Su problema es que tiene pocos puntos y está por ver que su juego de toque sea efectivo y dé resultados. El gran peligro para los cuatro grandes es que los aficionados se acaben hartando de tácticas estériles y les den la espalda.