El clamor sordo de la multitud


Julian Assange proclamaba ayer su victoria, mientras las autoridades londinenses siguen blandiendo la porra con la sonrisa ladeada frente a la algarabía del barrio de Knightsbridge, como el cazador espera que el conejo salga de la madriguera. Igual la ONU predica en el desierto con su respaldo al fundador de Wikileaks, cuya libertad se limita al balcón de la embajada de Ecuador. Está visto que el mundo parece viajar en el barco de los despropósitos. Aquí también tenemos nuestro propia nave, y de tumbos sabemos, o padecemos, lo nuestro. Lo peor llega cuando se pelean por el timón. Si además todo ello se adereza con la codicia y el egoísmo que arrastran a diario por los tribunales, ya están todos los ingredientes propicios para acercarse al abismo. Ya vino a decir el sabio que la libertad es un huerto en el que siempre crecen malas hierbas, y como sentenciaría el viejo labriego, «hai moito que sachar» para evitar que broten con fuerza o acaben ahogando los cultivos. Escribía Franz Kafka que hay dos pecados humanos principales, de los que se derivan todos los demás: la impaciencia y la indolencia. Uno causó la expulsión del paraíso y el otro impide el regreso. Así se explican que se mantengan profundas las grietas entre los aspirantes a la Moncloa. Como las líneas paralelas, que jamás se van a encontrar. Sánchez, Rivera, Iglesias, Rajoy y demás cabalgan cada uno sobre su postura. Mientras la dirección sea constante, el acercamiento se hará imposible. Sin atender a que jugar con las ilusiones de la gente alimenta la carcoma de la decepción, que los cambios atropellados suelen provocar retrocesos multiplicados o a que el clamor sordo de la multitud suena a entendimiento.

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El clamor sordo de la multitud