Además de otros muchos, el PP tiene en estas horas un problema con las excusas. Cuando un partido se instala en el pretexto es que ha decidido que solo puede merodear la verdad. Las excusas pueden tener el aspecto de un hilillo de plastilina, la complexión de un mosquito que si se cae de la mesa se mata o el formalismo de una indemnización en diferido, pero coinciden en una característica: cheiran fatal. Esta semana el PP entró en un bucle de excusas mientras caían dirigentes en Valencia. Con la primera trataron de amortiguar la evidencia de que sus chicos montaron una trama para trincar dinero público asiéndose fuerte al procedimiento. Según su pintoresca teoría que la policía te ponga unas esposas es un indicio de normalidad, una señal a la que apelar cuando se te interpela por la cochambre que le asoma a tu edificio. Imaginemos que Charles Manson hubiese alabado su detención para amortiguar el sanguinario festín que se dio en la casa de Polansky. Hay quien sostiene que el PP insiste tanto en lo que están haciendo los jueces para demostrarnos que el sistema funciona, pero lejos de tranquilizarnos el pertinaz argumento nos inquieta. ¿Es normal que uno de los dos partidos y medio que ha gobernado España desde 1978 tenga que asegurar tantas veces que la justicia funciona? La segunda excusa consistió en minimizar la entidad de las tramas apelando a la honorabilidad de las bases. Según este argumentario, no estamos ante un problema sistémico porque hay concejales del PP que no han robado en su vida. Lo cierto es que el PP progresó en un ecosistema que facilitó la existencia a los corruptos, pues solo un medio proclive explica que se reformara su sede central con dinero ilegal mientras resonaba el machete con el que hacían añicos los discos duros. Excusatios non petitas...