Uve de derrota


No hay letra uve en la palabra derrota. Tampoco motivos objetivos, ni tan siquiera subjetivos, para hacer este gesto universal, el de la victoria, si uno es presidente de Venezuela hoy y Venezuela está dejando de ser Venezuela a golpe de corrupción y de violencia. Un país, reza la web de turismo gubernamental, con una «sólida infraestructura de servicios que propicia el crecimiento del turismo, facilitando el acceso y permanencia del visitante». Obvia, claro, lo que dice Transparencia Internacional: el país más corrupto de América Latina. O Human Rights Watch: la situación de deterioro de los derechos humanos es insostenible, el poder Judicial dejó de funcionar, casi no hay alimentos básicos ni medicinas. Tampoco los escalofriantes datos del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal: solo en Caracas, cada 20 minutos es asesinada una persona. He aquí la ciudad plusmarquista mundial en crímenes. Y ahí tienen a su presidente, haciendo, ayer, la uve de victoria. La uve de Venezuela, tierra de 17.000 gallegos, paraíso de montañas, llanos, desiertos y selvas, de sol tropical y arenas blancas, donde el valor de la palabra vida, con uve, se ha igualado tristemente ya con el de la palabra nada.

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