Entre el runrún de chascarrillos, juramentos y citas solemnes que se han oído estos días de vuelta al cole en la carrera de San Jerónimo, sobresale el mensaje de fondo de algún ego desbocado de un partido emergente: con su desembarco en las Cortes al fin ha llegado la democracia a España. Como dicen en mi calle: acabáramos.
Hay que admitir que está muy bien que se hayan abierto las ventanas para que corra el aire y que es muy saludable que el 20D en cierto modo haya sincronizado la vida interior del Congreso con lo que se supone que es el país real (o al menos su reflejo en los platós de televisión). Pero de ahí a creer que una simple renovación de escaños supone algo así como reinventar o reinstaurar la democracia media el abismo de candidez, frustración y rabia que separa la adolescencia de la edad adulta.
La democracia ya existe en España de forma felizmente ininterrumpida desde el 6 de diciembre de 1978. E incluso antes, entre 1931 y 1936, hasta que una sublevación fascista contra el Gobierno legítimo de la II República desató la Guerra Civil.
En esa contienda murieron miles de afiliados al PSOE, y otros miles tuvieron que padecer el exilio o la bestial represión que trajo el franquismo. Ya en la actual etapa democrática -puesta ahora en cuestión por quienes se entretienen en las tertulias distinguiendo entre democracia real y democracia formal- también murieron muchos militantes socialistas y del Partido Popular. Eran los años de plomo de ETA, cuando los asesinos quisieron imponer su verdad por las armas. Pero se aguantó el pulso y se dobló el brazo al terrorismo.
Así que algún mérito habrá que reconocer a las siglas del denostado bipartidismo, que durante décadas han luchado por defender las libertades y que en algo contribuyeron a cambiar este país. E igual que se admite esa transformación casi milagrosa de la obsoleta España salida de la dictadura, también hay que aceptar que el PP y el PSOE están pagando ahora un precio más que justo por alentar una corrupción sistémica, por entender las mayorías absolutas como un cheque en blanco que solo caducaba a los cuatro años y por su arrogante aislamiento de esa sociedad real que sobrevive en las rendijas de la microeconomía.
El adanismo es un pecado de pubertad que todos hemos sufrido y que se cura con el tiempo. Por eso solo cabe esbozar una leve sonrisa -o un leve artículo- ante estos parlamentarios que se toman tan en serio a sí mismos que de verdad piensan que van a descubrir el Mediterráneo en la carrera de San Jerónimo, donde antes que estos brillantes intelectuales ya fueron diputados Ortega y Gasset o Azaña.
La tediosa, burocrática y previsible democracia burguesa occidental es la mejor forma que han hallado los humanos de soportarse unos a otros sin hacerse excesivo daño, y todos los experimentos alternativos de los visionarios del siglo XX desembocaron en los mayores espantos de la historia. Así que, por favor, cuelguen el disfraz de Adán y Eva en el perchero de la entrada y ocupen su escaño.