Percibo la escena con absoluta nitidez. Lástima que no posea el talento artístico de Castelao o el de mis admirados Pinto & Chinto: la hubiera dibujado en un par de viñetas y le ahorraría al lector toda esta palabrería. Veo al PSOE postrado en el lecho, agonizante, y no precisamente por los achaques propios de sus 137 años, sino por un fallo generalizado de su sistema inmunológico y su incapacidad para sobreponerse a la crisis del 2008. Veo, a la izquierda del lecho, al sobrino calavera de apellido Iglesias, nada compungido, porque le importa un bledo la salud de su pariente: solo busca heredar los bienes -5,6 millones de votos- que aún conserva el moribundo. Veo a la derecha del enfermo al sacerdote Rajoy y su monaguillo Rivera. Vienen a exigirle que se arrepienta de sus pecados, administrarle los santos óleos y pedirle que muera, como buen cristiano, en el seno de la santa y triple coalición.
La escena se completa con un abigarrado grupo de deudos que, en la sala contigua, disputan acaloradamente. El administrador temporal Sánchez, la tía Susana, los primos Fernández Vara o García-Page, el vasco López y el asturiano Fernández... El barullo no permite identificar el motivo de la discordia: no se sabe si se pelean por las últimas leiras del finado o si tratan de buscar remedios para despertar al paciente del coma.
Nadie en el hospital confía en el restablecimiento del enfermo. Al margen de cuanto se alargue la agonía, los pronósticos son funestos. Lo son, entre otras razones, porque a estas alturas aún no existe un diagnóstico concluyente sobre los males que aquejan al PSOE. Y sin diagnóstico -o con diagnósticos contradictorios, que viene a ser lo mismo- no hay curación posible. Si unos doctores atribuyen el origen del mal a la derechización de la dirección socialista y a sus tesis económicas cuspidiñas a las del PP, y si otros galenos achacan la caída a la tendencia contraria -la supuesta deriva populista de la formación-, no hay manera de aplicar una terapia mínimamente eficaz.
Las dos «sensibilidades» del PSOE convivieron en paz hasta que el estallido de la crisis provocó la esquizofrenia. El partido, que había desempeñado un papel esencial en la transformación del destartalado país que salía del franquismo, y que había contribuido decisivamente a levantar y gestionar el Estado del bienestar, no supo -o no pudo- abanderar a las víctimas de la Gran Recesión. No solo fue incapaz de proponer otra política económica, sino que inauguró la senda que el PP recorrería después con gran convicción. Muchos de los damnificados -parados y precarizados, familias desahuciadas, jóvenes en la cuneta- le dieron la espalda, buscaron otro partido y, al no hallarlo en el menú tradicional, lo inventaron.
Sé que no todos comparten esta interpretación. De hecho, hay otras diametralmente opuestas. Y eso es lo malo: la falta de un diagnóstico único e incuestionable. El PSOE debe aclarar de una vez qué quiere ser de mayor, porque de lo contrario será el forense quien determine el origen de sus males.