Sí se puede, pero no se debe

OPINIÓN

Desde la misma noche del 20D hay acuerdo general en que el resultado de las elecciones es sumamente difícil de gestionar. Y esa dificultad se concretó en tres hipótesis. Que lo único verdaderamente racional sería una gran coalición PP-PSOE, que la posición adoptada por Pedro Sánchez convierte en una quimera. Que el PP, a pesar de ser mayoritario, no puede cerrar una coalición coherente y responsable sin una ayuda del PSOE, siquiera indirecta, que se extendiese más allá del acto de investidura. Y que un coalición de las izquierdas con los nacionalistas y separatistas (PSOE, Podemos, ERC, DiL, PNV, IU, Compromís, CC y Mareas suman 176) sería un galimatías ingobernable, cuya ínfima estabilidad se lograría a costa del sistema y del resquebrajamiento territorial del Estado.

Llegados a este punto, los analistas políticos nos hemos dividido en tres grupos. Los que -dándole la razón a Sánchez- creen que hay que hacer todo lo posible para pactar, aunque haya que sacrificar la coherencia ideológica y estratégica de la coalición al simple hecho de que exista. Los que -apostando por las ideas de Mariano Rajoy- creen que hay que apretarle las tuercas al PSOE para que se avenga a la gran coalición, o, en caso contrario, ir a unas nuevas elecciones. Y los que, creyendo que la situación es de verdadero bloqueo, y que todas las hipótesis son temerarias aventuras o puras quimeras, propugnamos directamente la celebración nuevas elecciones.

El problema político de España no consiste en saber si es posible, o lícita, una coalición in extremis liderada por el PSOE. Porque esa pregunta ya está respondida por la ley -¡es totalmente lícita!- y por Sánchez, que, obsesionado por su destino personal, parece dispuesto -igual que hacía Buster Keaton en El maquinista de la General- a quemar el propio tren, y a meter en la caldera las traviesas de la vía. La pregunta que debemos hacernos es si una coalición como la que ya se vislumbra -con el líder del PSOE prisionero de Iglesias, Mas y Junqueras- es lo que nos conviene a los ciudadanos, y lo que España puede soportar sin hipotecar su futuro.

A Pedro Sánchez, que tiene mucha pantalla pero muy escaso oficio, le entró una obsesiva vocación de expresidente, que, como todos saben, es la profesión más estable, más cómoda y mejor retribuida de la política. Y por eso está dispuesto a quemar el tren, la mercancía y las traviesas para llegar a la Moncloa y ser presidente, aunque sea un solo día. Lo malo es que en su disparatada obsesión coinciden también los separatistas, que aspiran a debilitar al Estado, e Iglesias, que espera que la ruina del PSOE le abra el camino hacia la revolución pendiente. Por eso no deben preguntarse si, a base de hablar y hablar, se puede hacer un aquelarre que nos gobierne. La pregunta es -¡Dios nos libre!- si podremos evitarlo.