La constitución del Congreso de los Diputados de esta nueva legislatura ha despertado todo tipo de comentarios, tanto críticos como favorables, en los medios de comunicación. No niego que algunas cosas a mí también me han sorprendido, pero si uno lo mira como el primer día de colegio, en que los niños acuden alegres a conocer nuevos amiguitos con los que jugar, o a enseñar las bicis nuevas, creo que se le quita hierro al asunto y uno puede tomárselo con más calma. A pesar de ello, no me resisto a hacer algunos comentarios al respecto.
Dos han sido las cuestiones más comentadas: los atuendos de los nuevos parlamentarios y la presencia de un bebé en el hemiciclo. Sobre la primera, y dejando al margen los comentarios de los piojos y de que algunos no se duchan, que solo desacreditan a quienes los hacen, yo no veo problema alguno.
Que un diputado lleve rastas o vista de manera informal me parece absolutamente irrelevante, como me lo parece, también, que algunos trajes de los diputados estén anticuados o les queden como un abrigo a un calamar.
Sobre la segunda cuestión, tampoco me parece trascendental si de lo que se trata es, en ese primer día de cole, de reivindicar a las personas que se dedican a cuidar a otros y tienen dificultades para conciliar la vida familiar y laboral. Son los padres, en este caso los del bebé presente en el hemiciclo, los que deben valorar si un niño de meses debe estar sometido a la tortura de una sesión de cuatro horas en la que alternaron gritos y aplausos. Allá ellos, porque puede dejar secuelas.
Sí me ha sorprendido, sin embargo, la promesa o juramento de sus señorías que, pudiendo hacerla de una manera elegante, se convirtió en una especie de pasapalabra. Es obvio que esto se puede expresar de diferentes maneras, pero a mí no me parece razonable que un diputado rece el avemaría, por supuesto de Bisbal, o grite «¡que gane el Elche!», tras la promesa de cumplir la Constitución. Existe jurisprudencia que avala la fórmula «por imperativo legal» y evita hacer el ridículo, porque solo faltó el «¡Viva Honduras!» de Trillo.
En lo que no estoy de acuerdo es en que lo que ocurre en la calle haya entrado en el Congreso. Yo no llevo a mi madre, casi centenaria, a clase y mi vecino no puede ir con su perro al gasero que está reparando; tampoco me acompaña una charanga a la facultad.
Resumiendo, y para tranquilidad de todos, creo que cualquier pequeño exceso que se pueda haber cometido se corregirá en el momento que sus señorías comiencen a trabajar, sin necesidad de profesores de apoyo.
Ya más en serio, lo más relevante de la sesión ha sido, en mi opinión, ver cómo un mal alumno del Partido Popular fue castigado a sentarse en el gallinero, detrás de una columna, sin que nadie jugara con él. Es verdad que estaban allí sus amiguitos, que está siendo investigado y que ha conseguido estar aforado los próximos cuatro cursos, pero nadie se merece ser recibido así en el primer día del cole. Si es que son como niños.