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Almóndigas y cocretas

Francisco Ríos Álvarez
Francisco Ríos LA MIRADA EN LA LENGUA

OPINIÓN

16 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

A juzgar por algunos títulos de periódicos y de blogs, la Academia Española se ha convertido en poco menos que la causa de todos los males que nos afligen: «Nueve enajenaciones mentales de la RAE», «22 palabras que nunca imaginarías que están admitidas por la RAE», «La deriva incomprensible de la Real Academia Española», «La Real Academia se tira de la amoto»...

Todas esas críticas obedecen a la inclusión en el Diccionario de voces que, según los feroces críticos, nunca deberían haber hollado el ara de la palabra. Es paradigmático el caso de almóndiga. Está en el DRAE desde su primera edición (1726), donde aparecía junto a almondiguilla y almondeguilla. Desde allí se remitía a albóndiga y albondiguilla. De estas últimas decía la Academia que eran «voces corrompidas de albondiguilla, que es como debe decirse». Desde entonces han permanecido en el mismo sitio. Lo único que ha hecho la corporación en la última edición de su principal obra ha sido introducir dos notas en los artículos correspondientes: que ambos sustantivos están en desuso y que son vulgares.

Los vagabundos se han multiplicado con la crisis, pero a algunos les causa menos desasosiego ese fenómeno que el hecho de que el tumbaburros registre vagamundo. Hoy es este un vulgarismo poco usado, y así lo indican los lexicógrafos de la Academia. Pero es voz española desde antiguo. Ya en el diccionario de Palet (1604) aparece como sinónimo de vagabundo. El Diccionario de autoridades lo confirma en 1739 y dice del primero que «es formado del verbo vagar, y la voz mundo». Cervantes lo pone en boca de don Quijote, que se dirige así a Sancho: «Dime, ladrón, vagamundo...». La RAE precisa desde el 2001 que hoy es un vulgarismo y en el 2014 le puso también la nota de «poco usado».