Modo Almodóvar


De tanto pisar en diciembre la calle, a Rajoy la calle se le apareció dentro del Congreso. Es la teoría de quienes se han apropiado de las palabras gente o calle, en una especie de paradoja lingüística: en realidad, dicen lo mismo que dicen que decía Fraga cuando Fraga no se presentaba a las elecciones, porque no había: «La calle es mía». Pues no. La calle está en el Congreso desde 1977, solo faltaría, claro que ahora peinada, o despeinada, como nunca, le guste más o menos a Celia Villalobos. Rajoy visualizó este cambio de peinado el martes, cuando le pasaron por delante las rastas de Alberto Rodríguez, diputado de Podemos y gesto de pocos amigos en cuyo currículo figuran, motu proprio, una detención por resistencia a la autoridad y el mismo prejuicio hacia trajes y corbatas que Villalobos al pelazo. En fin, primos hermanos. Al paso de Rodríguez, Rajoy puso esa mirada entre reflexiva y perpleja que solo es capaz de poner Rajoy. Como si de repente procesara todo lo que está pasando. Una mirada, también, muy Almodóvar. O sea, de preguntarse: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?».

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