Acudo al viejo ejercicio literario: lo que pensaría un extranjero que ayer aterrizase en nuestro país, se subiera en un taxi y escuchase las noticias de la radio. Oiría que una parte de la nación quiere constituirse en república independiente al grito de «Visca Catalunya lliure»; que el jefe del Gobierno tuvo que hacer una declaración institucional para asegurar que el país no se rompe; que una hermana del rey se sienta en el banquillo por presunto delito fiscal; que al partido que ganó las elecciones le van a birlar la presidencia del Congreso; que resulta casi imposible construir una mayoría para gobernar; que no se descarta una coalición con partidos que quieren cambiar el sistema... El extranjero le preguntaría al taxista: ¿Seguro que esto es España?
Visto así, el panorama no puede ser peor. Mientras se amortigua la crisis económica, todas las demás se recrudecen y en el momento peor: como escuchó el viajero, el Gobierno está en funciones y con difíciles apoyos y se empieza a plantear qué ocurriría si los llamados a una gran coalición intentan seguir el ejemplo catalán y maquinan que solo aceptarían una coalición si el partido mayoritario cambia a su candidato. Tal como está el ambiente, nada es imposible, ni siquiera improbable. Para llegar a esa conclusión solo se requiere, como en Cataluña, un trimestre de negociaciones sin acuerdo.
Menos mal que, como dice el nuevo descubrimiento dialéctico, el Estado no está en funciones. Sentar a una hermana del rey en el banquillo es traumático, pero demuestra que la Justicia trabaja con imparcialidad... mientras no se demuestre lo contrario. Es posible que nunca se consiga una mayoría que aporte estabilidad política, pero siempre queda el recurso de repetir elecciones. Al PP le pueden birlar el Congreso, pero lo incluiremos en el capítulo de la normalidad democrática. Y para frenar el renacido desafío catalán aún se puede confiar en el Tribunal Constitucional. He escrito frenar, no resolver, porque los independentistas están tan lanzados que, en cuanto anulen su primera medida soberanista, intentarán la desobediencia civil.
Lo peor es que los partidos hacen la guerra por su cuenta. El PP airea cada minuto su legitimidad de urnas para ser el que manda. El PSOE apoya al Ejecutivo en la asignatura de la unidad nacional, pero no renuncia a desbancar a Rajoy. Podemos pide a Rajoy que dialogue con Puigdemont, cuando lo que quiere negociar el catalán es la desconexión de España... Tiempos duros. Transición de la tediosa tranquilidad de la mayoría absoluta a esperar el sobresalto en cada boletín informativo. Menos mal que la ciudadanía es paciente. Quizá aprendió que el tiempo lo resuelve todo. Funciona la escuela Rajoy.