Ineludiblemente Artur Mas era el gran obstáculo. La roca, tan pétrea como escasamente porosa. Su resistencia más numantina que otra cosa estaba condenada de antemano. La CUP, pese a las piruetas, a las votaciones asamblearias, había puesto precio. El precio de la vieja política de Convergencia, el lastre del conservadurismo burgués sobre todo en las ciudades donde Convergencia ya no retiene el voto, la etiqueta de delfín ungido por Pujol, la sombra de las comisiones y la corrupción desmedida que se ha producido en Cataluña, ahora bien, quizás no menor que en otras partes. Todos los que apuestan y defienden el proceso soberanista saben que difícilmente, de repetirse unas elecciones, alcanzarían los 72 escaños que juntos suman las distintas fuerzas. A día de hoy, imposible. No tienen la mayoría, si por mayoría se entiende la mitad más uno en su simplicidad más extrema, de los votos de quiénes el 27 de septiembre acudieron a las urnas, pero sí la de escaños. Y ese tren, era el único y el último por un largo tiempo. Defenestrarlo por una persona, imperdonable para el nacionalismo más recalcitrante y algo de lo que siempre se arrepentirían. Durante estos días, los del órdago y desencanto, pero también el enroque más taimado Artur Mas y lo suyos cargaron toda responsabilidad de ruptura e imposibilidad hacia la CUP. La presión fue total pero sobre todo el hacerlo si finalmente había que ir a unas elecciones. Hacía falta un culpable, como lo parece ser ahora mismo en una intimidación pasmosa el Partido Socialista de cara a la formación o investidura a nivel estatal del actual presidente. Ser víctima confiere réditos en el todavía anacrónico sistema partidista actual. El postureo es una moda, pero efímera. Sin duda la presión más relevante dentro de Junts pel Sí, vino de la mano de Ezquerra y de Tardà quién desde el primer momento, sobre todo, tras el portazo del domingo pasado de la CUP, exigiendo el echarse a un lado, a un costado de Mas. La presión fue en ese momento hacia un presidente en funciones que solo ha torcido el brazo en el último minuto. Se lo torcieron. La tozudez a veces es más férrea que cualquier voluntad, la misma que nubla la realidad. Entre bambalinas un Oriol Junqueras que mueve los hilos sin dar un paso al frente todavía. Próxima estación en el imaginario político catalán nacionalista, la independencia. El Proceso. O Procès. Cobra fuerza en un momento agónico en los tiempos y en la percepción política catalana, cansancio, hastío, oportunismo estridente y relajamiento en los partidarios de la independencia al verlo descarrilar por momentos. Algo que, a partir de este momento, nadie sabe qué deparará. Puigdemont, es un nacionalista independentista originario, no sobrevenido como Mas. Ni oportunista. Ni apegado a cargos. Alcalde de Girona y presidente de la Asociación de Municipios Independentistas está en el núcleo del proceso y la movilización junto a la ANC y Omnium. Ha tratado de embarcar al ayuntamiento de Barcelona en esta aventura de momento de modo infructuoso. Un periodista profesional y que sabe los tejemanejes de la comunicación política y el márketing pasa a ser presidente de la Generalitat. Ezquerra no ha dado el paso. Y Artur Mas, víctima de sí mismo, y su indolencia y maniqueísmo, no ha desaprovechado la ocasión para en su comparecencia la tarde del sábado cargar contra la CUP exigir su rectificación y reconocimiento de errores, y anunciar que dos diputados de la CUP pasaban a actuar en el Parlament bajo la disciplina de Junts pel Sí. Como vemos, nadie es capaz de verse en ojo propio, pero tampoco en pensar qué políticas de gobierno y no solo de independencia harán el nuevo presidente y como y con quién formará su equipo. Mas había cedido a muchas cosas de las peticiones de la CUP, recordemos anticapitalista, aunque cada vez menos antisistema pues entran en el de plano. Apelan todos a la estabilidad, pero no de la gobernabilidad, sino de la ideología, porque no nos engañemos, la independencia también es una ideología, elevada a lo sacrosanto y supeditando todo lo demás, como lo antitético de dos programas o tres que se tamizarán ahora, conservador, izquierda y radicales anticapitalista. Todo por ver.