Solo se me ocurre un calificativo para definir la situación en la que está inmersa Venezuela y es la de esperpento. Un esperpento que ha degenerado en tragedia desde el acceso al poder de Nicolás Maduro tras el fallecimiento del comandante libertador Chávez. A miles de kilómetros de distancia, la retórica trasnochada y simplista de un presidente que ha accedido a su puesto por carambola y que se mantiene en el poder mediante el engaño y soborno a las clases más desfavorecidas no solo aburre por patética, sino que produce un sentimiento de conmiseración hacia un país que, dirigido de manera correcta, podría ofrecer una vida digna a todos sus ciudadanos mediante una distribución equitativa de sus inmensos recursos.
En su lugar, Venezuela produce pavor a los inversores mientras provoca pena cuando se escucha a la oposición o a aquellos que se han visto obligados a dejar su país forzados por las circunstancias. Venezuela es, hoy, quizás, uno de los lugares más inseguros del mundo, solo por detrás de Irak, Libia, Siria o Yemen, con 27.875 fallecidos por muerte violenta, según el Observatorio Venezolano de la Violencia. La vulneración de los derechos civiles con arrestos arbitrarios, brutalidad policial y corrupción judicial están a la orden del día. Los datos sobre la crisis económica son escalofriantes, con un 60 % de escasez de medicinas, 35 % de escasez de alimentos y una tasa de inflación interanual que supera el 64 %.
No es de extrañar que la alianza opositora se alzara con la mayoría en los últimos comicios. Una esperanza de cambio que intenta ser cercenada por los prochavistas mediante la manipulación de la Justicia y el masivo nombramiento de cargos para el Gobierno. Fútiles intentos para frenar la marea democrática que barrerá, más pronto que tarde, la vacua pesadilla populista que lleva en el poder desde hace 17 años.