Donde dije digo


Cuando la política se embarra, la coherencia suele ser un lujo. Y en eso Cataluña y el resto de España no son tan distintas. La CUP, que aseguró en plena campaña que era necesario que las opciones separatistas sumaran una mayoría clara de votos para iniciar el proceso, después no hizo las cuentas y respaldó la declaración secesionista en el Parlamento catalán. Antonio Baños, el supuesto presidenciable de la fuerza asamblearia, fue el autor de uno de los mejores pareados de la carrera electoral catalana, aquel «jamás, jamás, jamás investiré a Artur Mas». Pero acabó renunciando a su acta de diputado por el veto de su partido al líder de Convergència. Dice que no podía traicionarse a sí mismo. Lo de traicionar a otros es un capítulo aparte.

Cuesta entender a los afines a Junts pel Sí que insultan a los cuperos en las redes sociales dejando un rastro de crucificados que ni Kubrick en Espartaco. Muchos de ellos repiten como un estribillo que no hay que tener miedo a las urnas, que el derecho a decidir está por encima de todo, que hay que votar. Pues ya votaron.

Desconcierta también Artur Mas, que recuerda que el 50 % de la CUP apoyó su investidura y que eso «no es ninguna broma». Toma en serio a 1.515 militantes y simpatizantes del partido anticapitalista y a chirigota a otros 1.515. Otra cosa son el 52 % de los votantes que en las elecciones autonómicas le dieron la espalda a las dos opciones claramente independentistas. Esos ni existen.

Para colmo, Mas, el supuesto mesías de la República de Cataluña, bromea con un «a mí me quieren destronar» que, aunque quiera venderse como un chascarrillo que juega con los Reyes Magos, suena a confesión. Otra brillante perla para el joyero de las contradicciones.

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