Si no fuese trágico, uno escribiría este artículo con gracejo e ironía. Pero, aunque no lo parezca, el asunto es tan serio y trascendente que cualquier regocijo heriría el buen sentido de la buena gente. No todos lo son; gente sensata, digo. Están los orates a los que nadie les hace ni caso, y los otros: esos que deciden el futuro de un país. Ayer, sin ir más lejos, vivimos uno de esos actos propios de la barbarie que la progresía más estúpida disfraza con el sello de la democracia. No lo es. La democracia de verdad le da el poder al pueblo, es su voz, y no la dictadura de unos pocos. Porque que tres mil militantes de una fuerza política antisistema decidan el futuro de Cataluña y, por extensión, el futuro de España entra dentro del mundo que Apollinaire definió con un prolífico sustantivo: surrealismo. Es el absurdo elevado a categoría, la sinrazón llevada al poder ejecutivo: el que ordenará, en gran parte, el futuro nuestro y el de nuestras familias.
Pero no solo Cataluña se arroga la potestad de una fuerza política como la CUP, anticapitalista, antieuropea, antieuro y no sé cuantos anti más. Estamos en manos de la enajenación ideológica: porque hay ideas que atentan contra la convivencia y el progreso de las sociedades. Y no puede ser. El domingo 27 de diciembre, un día antes de la conmemoración de los Santos Inocentes, pasará a la historia por tres motivos fundamentales. A saber, primero: los socialistas, barones y baronesas, decidían entre la liquidación de su líder y su propia inmolación. Segundo: las fuerzas republicanas independentistas y anticapitalistas votaban dos veces diciendo no a Mas y en la tercera diciendo ni sí ni no, empate. Tercero: las reinas magas de Carmena salieron a la calle mientras la televisión de Podemos y compañía señalaba literalmente sobre tan «progresista» alucinación: «En la calle no ha caído tan mal».
¿España se ha perturbado definitivamente o es solo la pesadilla de una noche de invierno que parecía, fuego aquí y fuego allá, verano? Ignoro la respuesta. Pero uno cree que ya va siendo hora de que la sensatez recupere aliento y se manifieste entre las nieblas de Galicia y España. No podemos (y el verbo es absolutamente voluntario e intencionado) estar en manos de estos predicadores a los que nada les importa el porvenir de nuestras sociedades, solo su ombligo. Estos que juegan en la ludoteca de las asambleas como si en ellas residiera, y no en las Cámaras de representantes, la soberanía popular. Basta. Seguir así solo nos conducirá a un túnel sin salida. El hazmerreír de la CUP y su paradójica votación no queda lejos de Sánchez y su idea hilarante de pactar con los que se entienden con Bildu, o reclaman referendos ilegales o tienen a Chávez como emblema. Yo no quiero esa España. La inmensa mayoría, tampoco. ¿En manos de quién estamos?