Esa es la cuestión. Dónde quedó el ser o no ser. O el mejor ser que tener o parecer. Todo se ha ido por el desagüe. Ahora la única decisión importante, si la salud te respeta, es si te enredas o no. Si pasas gran parte de tu tiempo de ocio mirando una pantallita y tecleando o si todavía te queda el instinto de mirar a los ojos a alguien. Ya sé que se pueden hacer las dos cosas. Pero solo hace falta entrar en una cafetería para darse cuenta de que la mayoría de los que están sentados allí, además de tomar algo, básicamente lo que hacen es teclear y mirar para una pantalla, aunque estén acompañados. Uno de los mejores memes que salta como un delfín a toda velocidad por el océano de Internet es el que pregunta para estos días navideños: ¿Dónde es mejor colocar el móvil, a la derecha o a la izquierda del plato en las reuniones familiares? Eso es lo único que importa. El diestro dirá que a la derecha, claro. Hay reuniones de trabajo en las que se prohíbe entrar con el móvil. Y hay que dejarlos al llegar en una caja como las de los aeropuertos hasta que termine el encuentro. Es muy fácil criticar esa adicción por la maquinita. Pero son pocos los que se atreven a dar ejemplo y a vivir sin WhatsApp. Y la verdad es que el talento internáutico, a veces, es tan enorme que da gusto zambullirse en las redes y enredarse. En estas elecciones tan disputadas por cada diputado ha sido un placer descubrir que, salvo los avatares que insultan sin dar la cara, queda mucho sentido del humor en este país. Hay más verdad en unos ojos que te miran que en el reflejo de una pantalla. Pero qué bien se pasa con el brillo del ingenio en el móvil. Y comunicarse no tiene por qué ser sinónimo de incomunicarse. Las redes, con criterio, son como el buen vino: para disfrutarlo, a sorbos. Y encima encuentras frases increíbles como esta de Sharon Stone: «Las mujeres son capaces de fingir un orgasmo, pero los hombres pueden fingir toda una relación».