Un traductor para su majestad


Lo malo que tienen los mensajes de los reyes es que necesitan un traductor al lado para que sepamos exactamente a qué se están refiriendo. Si son demasiado claros, corren el riesgo de que alguien los acuse de salirse del estrechísimo marco de sus funciones constitucionales. Si son demasiado oscuros, corren el riesgo de que sus destinatarios no se enteren de que les están hablando a ellos. De esa forma, la redacción de esos discursos tienen que ser como trabajo de orfebrería: se cogen los textos en bruto, se miden los quilates que tienen, se meten en el molde real si existe y, por último, se le pulen las aristas hasta que la pieza quede perfectamente lisa, elegante, digna de quien la luce y naturalmente inofensiva; es decir, constitucional.

Así que yo propongo que para el próximo mensaje de Navidad las televisiones, con el texto escrito delante, pongan unos rótulos para identificar el tema del que el rey está hablando. No hace falta que sea una traducción, como se hace con otras personas o dirigentes que no hablan el idioma castellano, pero sí una identificación del argumento. Es incluso muy recomendable, casi un servicio al Estado por la fecha y la hora en que se emite: la Nochebuena, a las 21 horas, cuando en casi todas las casas hay algún niño incordiando o algún cuñado que llega en ese momento echando la culpa al tráfico. Basta con que ese rótulo diga simplemente «Cataluña» o «pacto político» o «corrupción».

De esa forma no ocurriría lo que probablemente pasó en el último mensaje. Hubo gente que, al comentarlo después, lamentó que Felipe VI no dijera nada de Cataluña. Eso te obliga a ir al traductor y enviar un SMS que advierte: que sí, que habló de Cataluña y con un mensaje muy directo: «La ruptura de la ley, la imposición de una idea [?] solo ha conducido a la decadencia, el empobrecimiento y el aislamiento». También hubo gente que cree que no se metió a fondo en el notabilísimo asunto que nos entretiene estos días, que es la dificultad de formar gobierno, y hay que acudir otra vez al traductor para encontrar la receta real para salir del atasco: «Diálogo, concertación y compromiso». Y también alentó las reformas ahora que hay nuevos agentes políticos en la escena: «Adecuar nuestro progreso político a la realidad española de hoy». Y otras muchas cosas que el sabio lector tiene anotadas.

O sea, que hablar, habla el rey. Quizá se sienta algo censurado por no poder expresarse con la libertad que el cuerpo le pide y la Corona le frena. Pero no deja de mencionar ninguno de los problemas que ocupan al ciudadano y preocupan a su majestad. Y tiene una serenidad notable, mayestática, para exponer lo que en privado le provoca indignación. Solo necesita un traductor.

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